En los años noventa se puso mucho énfasis en la necesidad de construir un gobierno local, lo que en poquísimas palabras se refiere a la idea de consolidar o fortalecer la gestión de las alcaldías, de que los ayuntamientos o alcaldías recuperen su condición de administradores y responsables de los municipios y del munícipe.
Si hay gobiernos locales hay gobiernos nacionales. Lo nacional pasa y es competencia del gobierno, del Poder Ejecutivo y gabinete. ¿Cuál ha de ser la función del ministerio, de cualquier ministerio? Una separación y definición clara sencilla de las responsabilidades gubernamentales, de las tareas locales respecto de las generales.
Se asegura que en uno de sus gobiernos, ya muerto Trujillo y a partir del año de 1966, el doctor Balaguer decidió quitarle funciones esenciales a los ayuntamientos para asumirlas el Ejecutivo junto a sus funcionarios. Razones hay y las hubo.
Pero mantenernos de tal manera crea disgustos, resta competencias y fortalece el clientelismo, lo absurdo, la irresponsabilidad política y administrativa. Rompe lo ético.
En distintos países con alto nivel de desarrollo, los gobiernos locales o alcaldías operan de maravilla. Con mucho menos tropezones que nosotros. Por ejemplo, la educación del ciudadano (escuelas) y sus contenidos docentes atraviesa por la gestión municipal, pero igual tareas que hoy reclamamos a los gobiernos nacionales, y que son propios de las alcaldías, de los gobiernos locales.
Siempre he creído que nuestras provincias deben escoger mediante el voto popular a sus gobernadores, jamás una designación por decreto del Ejecutivo. Y la escogencia de gobernadores provinciales implica un cambio sustancial de la gestión pública, pero igualmente requiere de repensar los gobiernos, el poder político. Así comenzaríamos a apostar por descentralizar y desconcentrar.
Y discutir la relación del gobierno local y su relación con las gobernaciones. ¿Fortalecemos las alcaldías o dejamos a los gobernadores fuera del juego político? ¿Se complementarían? ¿Qué piensa usted?

