Uno cierra la puerta de la antigüedad y el otro, la medieval. El genio, en tanto cíclico es revolucionario. Homero señala, con la civilización, la superioridad de Europa sobre Asia, es decir, occidente desplaza al mundo oriental asumiendo el rol inicial de la ilustración hasta que Shakespeare determina el fin de la Edad Media. Premisa histórica que nadie se atreve a desmentir.
Entre ellos transcurrieron siglos de existencias, poesías y geniales hombres que dieron forma a diversas etapas históricas. Homero vivió y escribió sus poemas épicos en la Grecia del siglo VIII antes de Cristo, y el poeta inglés nace y vive entre mediados del siglo XVI y las primeras décadas del XVII.
Surgen, como vasos comunicantes, inmutables gigantes del espíritu que, a decir de Víctor Hugo, constituyen “una dinastía de genios, y tal vez no exista otra”.
Desde Homero a Shakespeare, el escritor francés sitúa en la cima de las letras a Job, Esquilo, Isaías, Ezequiel, Lucrecio, Juvenal, San Juan, San Pablo, Tácito, Dante, Rabelais y Cervantes. “Cada uno de ellos representa la suma total de lo absolutamente realizable por el hombre”. Por tanto, infinitas fuentes de consultas.
Existieron y transmitieron y todavía comunican sus ideas plenamente. Pero Shakespeare va más allá: vive y aún vibra, tanto como pueda lograrlo un artista.
Domina con sus obras la emoción, el instinto, la voz verdadera, el justo acento, la multitud con sus rumores. Los pájaros cantan, los arbustos florecen, los corazones aman, las almas sufren, las nubes vagan, hace calor, hace frío, la noche cae, nace el día, en fin, las cosas naturales, corrientes en los demás, se tornan en poesía y en aliento vivificante. Nada es más natural que el arte.
Comedias, tragedias, dramas históricos, romances y poesías, en Shakespeare son expresiones desbordantes y una sencilla manifestación de la naturaleza. Claro, preciso y auténtico como pueda serlo un poeta.
Como dramaturgo no estuvo ajeno al espíritu de la época en que produjo sus obras con sus expresiones populares y cotidianidades.
El propio Shakespeare vivió una vida corriente en cierta forma, con sus virtudes y defectos, con aspiraciones y necesidades, sin que ello impidiera que trascendiera y sea motivo permanente de estudio, deleite y admiración.
Poco antes de fallecer adquirió una costosa propiedad, suntuosa comparada con la humilde vivienda donde nació en Stratford, sobre el rio Avon, Inglaterra. (En próximas entregas, presentamos a varios autores contemporáneos cautivados por sus obras).

