La aciaga sentencia del TC, nos ha obligado a reflexionar a profundidad sobre el tema de la migración y sus circunstancias, al punto de cuestionarnos si por la irretroactividad posicionada, más de una persona no seremos también, despojadas de la nacionalidad dominicana. 1929 es una fecha lejana para determinar barreras que afectan más de tres generaciones después.
Y en este repensar la propia historia, por primera vez en mi vida, la mía se hace tan concreta que no me deja abstraerme en cavilaciones fantasiosas. En mi caso, soy inmigrante desde los 5 años, cuando con mi padre, mi madre y mi hermana, salimos de nuestra Asturias natal, en España, hacia la Patagonia argentina, adonde viví feliz hasta los 18 años, cuando fui a estudiar a Montreal, en Canadá y al terminar, viene a la República Dominicana, casada hasta el día de hoy con un buen dominicano. En 1981, en el marco de una vida plena y después de tres hijos y una hija dominicanos, adquirí la nacionalidad de esta tierra que adoro.
Tengo anécdotas como esta: en la década de los setenta, me tocó cambiar mi cédula de identidad, aquellas que había entonces, y como la foto tomada fuera después de unas vacaciones en Sosúa, fui durante dos años color “indio claro”. He vivido activamente mi ciudadanía dominicana y mi identidad de vida, es con este país, en el que los 43 años que tengo viviendo en él, definitivamente me formaron. Si hoy me dieran a elegir país, este es el mío, donde he anclado mi vida y en el que quiero terminarla.
No he dejado de ponerme en la piel de quienes arbitrariamente, en nombre de legalismos y argumento nacionalistas, fueron despojados de sus documentos por su ascendencia haitiana, aún habiendo nacido aquí y sin conocer como única realidad, la de este país. Y la sensación de abandono total que se siente, no me gusta. Es injusta. Es irracional. Es difícil de pensar.
¿Qué haría desarraigada con mi vida en un espacio extraño? ¿Qué sentimientos produce el rechazo de mi país? ¿Tanta confusión es enfermiza? ¿Pueden las leyes declaradas desterrar idiosincrasias? ¿No somos la gente la que merecemos que se legisle a nuestro favor? ¿No es esto una pesadilla?
La revisión de una decisión legal confusa, desproporcionada, violatoria del sentido común y de los derechos inalienables de las personas, es imperativa so pena de volvernos un Estado traicionero, indolente y, ¿por qué no?, servil.
Soy Juliana Deguis Pierre y como ella, no acepto amnistía porque soy dominicana. Quien lo niegue, tendría que pelear muy duro conmigo. ¡Soy ciudadana de este país!
POR: Susi Pola

