Relatado el incidente entre Freddy Beras Goico y yo, y la causa del mismo, pienso que es tiempo de confesar que lo hice, no porque tuviera la imperiosa necesidad del desahogo cuando la ofensa obliga. ¡No! Fue el asco que sentí al ver a la hipocresía y el descaro con túnica de congoja, desfilar ante el féretro de una pobre víctima de la fama y el lambonismo artero que prohíja la política rastrera. ¡Cuánta podredumbre convocó la sana bufonada de ese pobre hombre!
Pobre, no porque fuera digno de lástima en el orden material. A Freddy, nunca le faltó lo que al más encumbrado de nuestros potentados le sobrara. Estaban a mano. De eso se trataba. Mientras yo, -gobierno, empresario o inversionista-, te pago el precio de tu status; tú, a cambio, me preservas mis intereses, y los haces crecer a través de tus poderosos medios de comunicación con teleaudiencia (mediáticamente) cautiva.
No olvido que el folclórico doctor Francisco (Bueyón) Carvajal Martínez, monumento al Derecho bien entendido y postulado, y a la política decente, me dijo en la ocasión que nos presentó en su residencia de la calle Luperón doña Marianela de Marte, esposa del coronel Jorge Marte Hernández, lugarteniente de Francis Caamaño, obviamente en un exceso de abstracción histórica, que él sólo concebía a Duarte diciendo que la Política era la ciencia más pura, después de la Filosofía, en estado de embriaguez.
Me razonó que, así como en Derecho hay un aforismo que afirma que el fraude lo daña todo; la política todo lo corrompe; en tanto el político es el que determina su manejo, siempre a conveniencia. Y como política y político son inseparables, no hay manera de justificar que el primero en esencia es bueno, y que el segundo es el malo.
Esos dichosos malos, sólo son chivos expiatorios de la perversidad que entraña la política, por indelicados. Eso me dijo, con su simpática picardía, el egregio jurista, creador del término chimichurrito para denunciar a la escoria social que hace tiempo medra a la sombra del negocio

