Cuando se anunció con el sensacionalismo propio de lo inaudito el inminente reencuentro de Hatuey De Camps e Hipólito Mejía, uno de los pocos a quien no le sorprendió la noticia fue al autor de esta columna. No porque sea oráculo de Delfos ni cosa parecida. Ni tan difícil es predecir eventos de ese tipo en esta suerte de pocilga en que viven los profesionales de la política dominicana.
Esos sujetos, en vez de dispendiar la exigua reserva moral que acaso les quede, deben abocarse a recuperar la consideración que otrora gozaron de gente que hoy llora su desilusión con dolor inconsolable. ¡Y tan fácil que sería! Bastaría con aportar esfuerzos unitarios alrededor de Miguel Vargas por el bien del colectivo perredeista. Sin embargo, ese es un sueño irrealizable.
La utopía sentó raíces en la necia irracionalidad de Hipólito y en la prepotencia insolente de Hatuey. Los dos grandes irreciclables de la política contemporánea, lamentablemente. El primero por farsante, mentiroso, ambicioso, desconsiderado y mordaz y el otro por ser un resentido político y un egoísta patológico. Hatuey sufre las victorias de los demás como si fueran fracasos suyos. Aún rumia con desagrado los triunfos de Alan García.
El que piense que una alianza de Hatuey con Hipólito persigue otra estrategia que no sea evitar que Miguel sea presidente en el 2012, está buscando el ahogado río arriba. La naturaleza del primero es procurar lo fácil. Medrar, siempre ha sido el leit motiv de su accionar político con el concurso alienado y sumiso de lugartenientes que tampoco escapan a su avasallante carácter.
Con la propiedad que me da la experiencia de militar por más de cuarenta años en el PRD, puedo afirmar sin temor a equívoco que ni con el apoyo solapado del gobierno, la alianza Hipólito-Hatuey tendría ganancia de causa en unas primarias perredeistas. Ahora bien, esta afirmación queda retirada ipso-facto, si no se produce una reingeniería en el entorno de Miguel; infiltrado por Andy Dahuajre, a través del hijo de doña Juliana, traidor por antonomasia y, según se alega, impenitente amigo de lo ajeno.

