La canción de Alberto Cortés, Cuando un amigo se va, a pesar del sentimiento que destila y que llega al hondón del alma con pureza cuasi divina, tiene una falla medular en su mensaje. Esta falla radica en que sólo se refiere al vacío que deja el amigo que se muere físicamente, y que, no obstante lo irremediable, trasciende la frontera de lo inescrutable, y se queda en la psique agradecida para siempre.
Se me ocurre que no es justo soslayar la trascendencia de aquellos amigos, cuya empatía deviene entrañable, aunque el azar les marcó rutas diferentes y las circunstancias del pragmático Gasset, se encargaran de mantenerlos separados, a contrapelo de sus propias voluntades. Mucho menos, si como por designio de Dios y la complicidad de la tecnología, se reencuentran.
Sin temor a equívoco, pienso que la satisfacción y la rebosante alegría, no pueden expresarse con suficiente propiedad; que, en verdad, ¡es algo inenarrable!
Este preámbulo se debe a que he creído conveniente contarles la agradable experiencia que me tocó vivir el fin de semana pasado, luego de recibir una nota de un amigo-hermano excepcional por el correo electrónico. El relato va dirigido, sobre todo a los tantos que aún cuestionan la auténtica amistad, acaso zaheridos por la falsa deferencia que profesan muchos vivos, al acecho siempre de la bonanza de los demás con la intención de esquilmarles bienes y confianza.
Resulta, que en mi agenda tenía pendiente un viaje a La Romana, para visitar a una prima de Mirucha Fernández, mi primera novia y esposa, que creía finada, y, agraciadamente, sólo había sufrido una embolia cerebral que la tiene en silla de ruedas; mas, lúcida y cariñosa como siempre.
¡Cuánta alegría sentí al ver a Julia Botello Villeta! La primera familiar a quien me presentó mi inolvidable Mirucha, en pos de ir acotejando la formalización de nuestras relaciones de amor.

