El viernes pasado, en la primera parte de este artículo, me referí de manera crítica a lo que consideré una falla de fondo en el mensaje de la canción Cuando un amigo se va. Entonces dije, y lo reitero, que no es justo olvidar al compañero que se queda, aunque esté ausente. Ahora descubrí que el tema arrastra además, un gazapo semántico, por cuanto el uso del artículo indefinido un sugiere la misma reacción ante la muerte de todo el que se diga amigo.
Pero resulta que todos los amigos no son iguales, ni pueden serlo; porque, hasta los palos del monte tienen su distinción . No es ocioso presumir que ante el inconsolable dolor que le causó la partida definitiva de quien considerara el mejor de sus amigos, sin proponérselo, Alberto Cortés, entendiera que la amistad, ya no tenía sentido, y decide no seguir cultivando uno de los sentimientos más puros.
Cuando un amigo se va/ queda un espacio vacío/ que no lo puede llenar/ la llegada de otro amigo. Dice el eximio cantautor argentino con un pesimismo digno de antología. Es obvio, que la impotencia ante lo irreversible se adueñó, hasta del último vestigio de virtud que acunaba la existencia de uno de los artistas de más trascendencia en el parnaso latinoamericano.
Estoy convencido, por experiencia propia, de que la amistad envuelve un concepto tan sublime, que resulta imposible condicionarlo a cualquier eventualidad; ni siquiera a la muerte, siempre que se la considere y se la honre como un camino de doble vía. Si no hay sinergia o química, como se dice ahora, entre dos o más individuos, es absurdo hablar de amistad.
Desde la Navidad próximo-pasada tengo el dolor que me causara un amigo con el retiro de su deferencia de forma medalaganaria, nada elegante: Esa fue de cal. Sin embargo, recientemente recibí una gratísima noticia: El retorno a nuestra amada patria chica, La Romana, en retirada desde los Estados Unidos y Europa del hermano en la amistad, Enrique Santana, a quien tenía más de cuarenta años que no veía: Esta es de arena. ¡Enhorabuena!

