El fin de la llamada revolución de abril de 1965 y posterior guerra patria contra la segunda intervención norteamericana del siglo XX, se hizo realidad con la firma del Acto Institucional que impusiera el presidente Lyndon Baines Johnson. A través del tiempo se ha querido retorcer la historia para que sus páginas registren otra realidad. La falsa realidad con que adormecen a los incautos los mercaderes de sentimientos con antifaces de historiadores.
Sin embargo, lo cierto es que la lucha era insostenible. Hubo que aceptar los dictados del mandatario estadounidense, quien ya tenía sus planes con el doctor Joaquín Balaguer. Ambos le hicieron creer a un sector de la anquilosada oligarquía rancia, con los Vicini a la cabeza, que le había llegado el momento de su desarrollo y preponderancia, luego de la retranca de Trujillo y el estado corporativo patrocinado por Donald Read Cabral y sus socios en el negocio automotriz durante el nefando período del Triunvirato.
No hay otra razón para que el elegido para presidir el gobierno de transición hasta las elecciones de 1966, fuera el doctor Héctor García-Godoy, delfín de estirpe oligarca incuestionable. Es lógico que ese grupo económico pensara que después de una buena gestión en la transición, García-Godoy fuera una opción de poder en los comicios de mayo de 1966. La historia fue distinta, y las consecuencias de los hechos posteriores aún gravitan de manera determinante en la actualidad con proyecciones que apuntan a lo infinito

