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Del crimen perpetrado con premeditación, mala fe, acechanza, alevosía y ventaja contra la democracia en el cuerpo de la institución electoral, el pasado 20 de mayo, hay detalles que no se pueden soslayar. Me refiero a los quiénes: ¿Quién o quiénes son los culpables, quién el beneficiario y quién el perjudicado? Despejar esas incógnitas es preciso, si se busca enderezar entuertos.
Cualquier tarado diría que el asunto es complicado. Sin embargo, es muy simple. Los culpables son el Presidente Fernández y sus hijos putativos, en tanto compromisarios con su proyecto personal que aún considera posible. Leonel piensa, como quien apareja un burro, que Danilo es el Luis Donaldo Colosio que pretendió Carlos Salinas de Gortari para acomodar su estrategia de instaurar en México el salinato.
Sin embargo, hoy día, nadie cuestiona que Colosio fue ejecutado por órdenes de Salinas, luego de que, considerado su delfín, anunciara su distanciamiento el 6 de marzo de 1994 en el monumento a la revolución, precisamente en el aniversario del PRI. Colosio comenzó su discurso con estas palabras: Veo un México con hambre y sed de justicia. Sigo viendo a un México abatido, pobre, del tercer mundo .
Y como para decretar su propia muerte, con el alma desgarrada por los sufrimientos de su esposa Diana Laura a causa de un cáncer terminal, el futuro incierto de sus hijos y la rebelión de Chiapas, pronunció lo que fue su epitafio: yo sí haré la reforma política, yo separaré al PRI del gobierno , como apuntara el escritor Enrique Krauze.
Medio país confía en que el presidente electo, no sea el Colosio que pretendió Salinas, pero mucho menos el títere que anhela Leonel.
El beneficiario, muchos piensan que es Danilo Medina, a quien considero un hombre íntegro y merecedor del cargo; pero él tiene las luces suficientes para entender que con su accionar, Leonel, hizo de su victoria, algo pírrico e ilegítimo, con la obvia pretensión de ser, a la postre, el verdadero agraciado

