¿Qué hago, Presidente?
De los cinco millones de púberes y adultos que extraoficialmente tiene la población dominicana, cuando menos el 50%, es decir, dos millones quinientos mil, quisiera vivir la experiencia de hablar unos minutos con el Presidente. Algunos sueñan con el momento, y si la eventualidad de una foto es posible, ni hablar; así podrían contarlo, y, si es necesario, «probarlo». Satisfecho el ego, el asunto no pasa de ahí.
Otros desean hablar con el primer mandatario porque piensan que el privilegio sería doble, si es él quien les resuelve sus problemas; regularmente necesidades de poca monta que con ayudas generosas se pueden paliar, como el pago del alquiler, mensualidades en el colegio, y fiados en el colmado y la farmacia, entre otras, cuyo finiquito bien podría ser delegado, y tema concluido.
Los menos, tienen necesidad de ver al Presidente, en razón de que, a pesar de lo sencilla que pudiera ser la solución de una urgencia que hasta implica la supervivencia con dignidad, se precisa de su voluntad solidaria para impulsar otras voluntades afines con el propósito de que se hagan realidad sentidas aspiraciones.
Aparte de una carta que no se sabe si llegará a su destino, no existe un procedimiento efectivo y expedito para canalizar el interés de una entrevista, no obstante la situación ser harto conocida, pues viene desde tiempos inmemoriales con la sola excepción de las audiencias populares del doctor Salvador Jorge Blanco en el cuatrienio presidencial 1982-1986.
Se me ocurre que ver de cerca y hablar con el Presidente es un derecho de todos y cada uno de los ciudadanos de un país auténticamente democrático, y un deber del que ostenta la investidura, reconocerlo y facilitar su ejercicio. Proporcionar un encuentro breve al «hombre de a pie» con el mandatario no es algo del otro mundo, y, más que perjudicar, contribuiría a afianzar su buena imagen y su popularidad. Además, hablaría muy bien de su condescendencia.
Hace unos meses alguien con interés de hablar con el Presidente me preguntó si yo sabía cómo diligenciar una entrevista. Le dije que no, y no me interesó averiguarlo. ¡Vaya paradoja! En este momento me pasa lo que advertía Bertolt Brecht. Ahora es a mí a quien le urge conceptuar un poco con el doctor Leonel Fernández o con la interpósita persona en quien él delegue, y no sé qué hacer.

