Convencido de que el doctor Leonel Fernández no es muy dado a perder la perspectiva, y mucho menos la prospectiva, insisto en que al momento de llenar las vacantes dejadas por los funcionarios electos o mover la coctelera burocrática, el mandatario debe recordar a sus amigos que hoy están en el banco, injustamente. Algunos a causa del satanizado nepotismo y otros por la maledicencia que caracteriza a ciertos miembros del CP del PLD.
Sobre los primeros, reitero que la definición del término nepotismo per se condiciona que se le tilde mala práctica, si la persona elegida para el cargo tiene capacidad, experiencia, honestidad y cualquiera otra condición conveniente en el orden institucional. También, y para que no haya duda, establece que en ese caso, el alegado nepotismo es sólo suspicacia. O, como diría un ciudadano ordinario, ganas de joder.
La situación de las víctimas de la insidia, más que penosa es angustiosa y desesperante, en tanto linda con la impotencia propia del débil ante la avasallante embestida del energúmeno que goza sus desafueros, porque se cree intocable. No tenía la intención de tratar casos específicos. Sin embargo, la solidaridad auténtica tan escasa en otros, me obliga a ser yo; las circunstancias me son indiferentes.
Postulo por dos genuinos exponentes del peledeismo ortodoxo, no sectario ni recalcitrante, como no lo es el Presidente Fernández. No porque sean amigos míos también, sino porque han sido preteridos o subutilizados, en el mejor de los casos. Un simple vistazo al historial de los licenciados Andrés Terrero y Aurelio Guerrero, el primero harto conocido por Leonel, y el segundo, capacitado a toda prueba en los campos de la comunicación y el derecho, amén de su pericia en los seguros, serían suficientes para una designación acertada y justa. ¡Que Dios lo ilumine, presidente!

