Opinión

Mi voz escrita

Mi voz escrita

Ser apologista de alguien es una virtud. Acaso la que más ennoblece al ser humano; en tanto lo despoja de toda mezquindad y lo corona con la gloria más pura: el agradecimiento. Gracias le doy a Dios cada día por sentirme uno de los que aún piensan que el malagradecido no sólo debe estar muerto, sino que nunca debió haber nacido. De no ser  por la apología  de Sócrates que Platón le legó a la humanidad, el genio creador de la máxima “conócete a ti mismo”, hoy fuera la gran víctima de un olvido imperdonable.

Es incuestionable que tan pronto surgió la explotación del hombre por el hombre con el advenimiento de la esclavitud, el egoísmo se adueñó de la psique existencial del género humano.

Es casi seguro que entonces sin ninguna noción del concepto dialéctica, se justificara y defendiera el cambio evolutivo. No obstante, el tiempo, condicionante sempiterno de todas las cosas, se encarga, día tras día, de demostrar lo antidialéctico del hecho.

A contrapelo de los argumentos esgrimidos por los defensores a ultranza de los modelos subsiguientes: Feudalismo, burguesía, el “capitalismo salvaje” que denunciara Juan Pablo II y sin obviar la vigencia latente del pentagonismo como sustituto del imperialismo que pronosticó Juan Bosch, aún sin la hegemonía estadounidense, luego de las caídas del muro de Berlín y de la llamada cortina de hierro soviética, el ser social de hoy añora con nostalgia la sociedad primitiva, y propugna por un “socialismo democrático”.

Una suerte de sistema ecléctico, que bien podría ser un exceso de ingenuidad o una lamentable utopía, por cuanto los actuales líderes de las diferentes creencias del universo y los dirigentes de las parcelas partidarias del quehacer político nacional de “juro a Dios” se empeñan en que el manto de la convivencia no nos arrope a todos, al menos para sobrevivir con dignidad, y nos empujan a un despeñadero sólo comparable, si no es peor, con el averno.

El Nacional

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