Desgracia y desagrado
Independientemente de que la suerte nos haya favorecido frente al desastre natural que afectó a Haití y que los efectos sean mayores que si el fenómeno se hubiera producido aquí, por la diferencia en la calidad de los suelos, es innegable que los grandes daños se deben al soslayo irresponsable de los requisitos que exige la geología en el momento de construir.
El de Puerto Príncipe, es un suelo de arcilla expansiva semejante a la franja que se extiende en el nuestro, según mis informes, desde el cementerio Cristo Redentor hasta el kilómetro 40 de la autopista Duarte, mientras que el de la ciudad de Santo Domingo es de roca sólida de la más resistente caliza.
No soy ingeniero. Sin embargo, por referencias calificadas, sé que la unión casi indisoluble que es posible lograr en un terreno rocoso y en los arrecifes, con cálculos estructurales precisos, garantiza el soporte necesario para una óptima construcción.
De ahí que me preocupe, si en nuestro país se están tomando en cuenta las recomendaciones que insistentemente ha venido planteando el sismólogo Corominas Pepín, con respecto a lo cíclico de las ocurrencias sísmicas en el archipiélago de las Antillas.
Desgraciadamente, la catástrofe de Haití, acaso pasó por imprevisiones imperdonables que hoy sólo nos queda lamentar. Ahora hay que fijar la atención en el presente y en el porvenir, a los fines de tomar las providencias de lugar para evitar en la medida de lo posible que el próximo evento, en tanto no lo podemos impedir, resulte menos dañino.
2. En cuanto al caso Figueroa Agosto-Sobeida Féliz y compartes, ahora opacado por los escalofriantes sucesos haitianos, y que, como parece, pasará a la historia sin que se sepa qué pasó, cómo pasó ni por qué pasó, aunque sí sabemos que fue en el país insólito, situado justo en la ruta del Sol, pienso que es tiempo de que las autoridades judiciales y policiales dejen a un lado la política sainetesca que tienen en cartel, hace ya mucho tiempo.
En este desagradable caso, lo que más duele no es el golpe propinado con alevosía a una sociedad prosternada por la perversidad y la indolencia, sino la burla; sobre todo cuando se la engalana con el cinismo impúdico que patrocina el poder político.

