En la parte in fine del escrito Reflexión sobre el narcisismodel viernes pasado, sugerí que por su discurso insistentemente anfibológico, el presidente Fernández es un narcisista insuperable. ¿Por qué insuperable? Porque su narcisismo es un híbrido, fruto del cultivo de un germen patológico y otroneoliberal y posmodernista engendrado por el entornopsicosocial, según Sam Vaknin.
Al respecto, en su obra Malignant Self-Love, el filósofo israelita afirma que algunos narcisistas son personalidadesinspiradas por nuestra cultura; es decir, por la influencia que asimila el sujeto del medio en que se desenvuelve.
Sé que a muchos les hubiera gustado que usara cualquiera de estos términos: ególatra, egocéntrico, envanecido, vanidoso, fatuo, etc.Sin embargo,justamente por lo que acabo de apuntar, resulta que ninguno le va tan bien como narcisista; no por las implicaciones quehace tiempo le endilgan a la voz la maledicencia y la calumnia.
El asunto estriba en que los narcisistas de la talla de Leonel Fernández, son difíciles de encontrar, en tanto en cualquier humano la patología puede aparecer, mas no así la forma dichosa de alcanzar la presidencia de un país que más por la secular corrupción arrastrada, que por un siniestro sino, tiene la vocación quintomundista tan marcada como el nuestro.
En ese mismo orden, yen respuesta al trato rastrero queFrancisco Javier García, coordinador nacional de campaña del PLD, le dispensa a las reacciones de Hipólito Mejía, ante la indiscreción de Leonel sobre el uso que daría a cuarenta mil millones liberados por el FMI y la alegre acusación al PRD de que politiza el reclamo del 4% para la educación,le advierto a ese otro narcisista que ya encontró la tusa aquella
