Esperanza y justicia
Esperar a quien no va a llegar implica una angustia mayúscula e insufrible. Mucho más, si es uno que le crea expectativas a una esperanza inútil. Pienso que esa es la situación que afronta el ex presidente de Honduras, después de haber sido derrocado mediante un eufemismo pretendidamente constitucional, y luego echado del país en camisón de dormir.
Aplaudo la perseverancia en regresar al Poder de Manuel Zelaya, apenas a tres meses para el término de su mandato. Sin embargo, el político de rancia estirpe oligárquica tiene que entender que sus pretensiones rebasan lo imposible, y que, más temprano que tarde, sus contrarios de hoy, resentidos por alegada traición, se saldrán con las suyas, en tanto el próximo 29 se cumple el plazo fatal para la elección de un nuevo presidente.
La estratagema era obvia, desde que el ex presidente anunció su propósito de ser repuesto en el cargo. Se le mantuvo fuera del gobierno, extrañado o dentro del territorio hondureño, entre informes, diálogos y discusiones en reuniones bilaterales con la coordinación y moderación de comisionados a destajo en una suerte de sainete de mal gusto hasta la llegada de los comicios.
Electo el nuevo mandatario, de la derecha más conservadora por supuesto, a nadie en su sano juicio se le puede ocurrir reponer al ex presidente, sólo para encabezar la ceremonia de traspaso de mando, ni que él se preste a semejante ridiculez por más desquiciado que esté. Ahora bien, si se produjera tal eventualidad, el final de la comedia sería tan hilarante que hasta el mismo Zelaya se muere de risa.
2. Nuestro estamento judicial necesita un cambio. Y es casi seguro que tomó el rumbo de manera definitiva e irreversible. El país no puede continuar atónito ante los vergonzantes escándalos que a diario suceden en los tribunales, bajo el amparo de unos códigos importados que le han impuesto a la sociedad dominicana sin tener en cuenta su idiosincrasia, sobre todo el Código Procesal Penal.
Cada cabeza es un mundo. Mas, debido a factores que inciden en sus culturas, también todas las sociedades, son diferentes. Es ahí donde radica el problema. Los códigos pueden ser muy buenos, pero si no interpretan el temperamento de un ser social específico y los encargados de administrar justicia se rigen por sus postulados, hablar de justicia no tiene sentido.
