Los pecados por omisión, en ocasiones, y, cuidado, si casi en todas, son más graves que los de comisión. Sin embargo, aunque la razón resulta elemental, se la manipula, y hasta es considerada maniqueísmo de la peor ralea, mientras se tira por la borda la importancia del factor conciencia. Ese grito sordomudo que lacera el alma cuando la verdad reclama su espacio a la indiferencia.
Por extensión, algo semejante sucede con los gazapos que se cometen sin ninguna intención, en tanto nadie afila cuchillo para su garganta; pero, a veces, resulta que se advierten y confirman, y el egoísmo personal impone un silencio culpable que a fin de cuentas los multiplica hasta enésimos daños que pudieron evitarse con críticas constructivas que bajo ningún concepto persiguen ofender.
Nadie puede imaginar siquiera la satisfacción que se siente cuando respondiendo a la honestidad, se le extiende reconocimiento y felicitación, por cualquier vía, a alguien que ha dicho o escrito algo que habla bien de su criterio, según se perciba. Es más, satisfacción no es la descripción más atinada. Es como un deber comprometido con el propósito de descalificar a los egoistones.
Sin embargo, todo no es color de rosa. La relatividad de las cosas que demostró Einstein, permite entender que también hay una parte gris, aunque no necesariamente triste; y que ésa es la que hay que aceptar con humildad cuando se yerra. Y ¡Ay de aquel que prefiera transitar los caminos del sofisma y el eufemismo para tratar de justificar una equivocación! El escarnio no bastaría para enmendar tamaño cretinismo

