En el artículo del viernes confesé que, por entusiasmo inusitado, leí la primera producción narrativa del dilecto primo, Miguel Ángel Herrera Morla: Sólo me faltó la firma, sin antes conocer los juicios del prologuista sobre la obra. Dije, y, ahora sostengo, luego de no entender su desafortunado prefacio, que José Israel Cuello no tiene calidad para opinar sobre el esfuerzo creativo de nadie.
Mucho menos si la víctima de su desconocimiento sobre la materia, apenas se inicia en el difícil arte de escribir cuentos, según sugiere el eximio Juan Bosch en su ensayo Apuntes sobre el arte de escribir cuentos, cuya primera edición data de 1958, mientras soportaba el insufrible exilio físico y su intelecto crecía y fraguaba y, al mismo tiempo se templaba, como el más noble de los metales en el fuego temperado de la fe en el porvenir de la Patria.
No hay que ser un Oscar Wilde, crítico literario irlandés, autor de la comedia La importancia de llamarse Ernesto; o un Guy de Maupassant, figura cimera de la literatura francesa y referencia obligada para los amantes del relato breve; ni un Edgar Allan Poe, maestro del relato corto, autor de El gato negro, acaso lo máximo de la antología del cuento estadounidense.
Tampoco se necesita tener la estatura literaria de Fuentes, de García Márquez, de Cortázar ni de Borges, ni la trascendencia de tantos otros insignes exponentes de la literatura universal: ¡No! El asunto estriba en que resulta cuesta arriba comprender que el señor José Israel Cuello, no obstante ser distinguido para que escribiera el prólogo del libro de marras, se destapara con ese esperpento, como lo hubiera considerado Ramón del Valle Inclán.
Sin embargo, con ánimo justiciero, admito que el gran culpable de que el compendio de relatos esté circulando con un principio desconsiderado, es de mi apreciado Miguelito, quien, en nombre de su formación familiar se obligó a una injustificable tolerancia. ¡Qué diferente hubiera sido un prólogo de Marcio Veloz o de Mario Emilio Pérez, íconos del cuento histórico criollo!

