Opinión

MI VOZ ESCRITA

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La crisis que actualmente protagonizan dos sectores de la  dirigencia del Partido Revolucionario Dominicano, sólo es otra de las tantas que desde su fundación ha tenido que vadear la más antigua organización política nacional, apoyada en su base militante, para sobrevivir a las luchas intestinas que prohíjan los intereses personales, cuando la insensatez soslaya al colectivo.

Los que hoy se frotan las manos y azuzan  para que el entendimiento no aflore en el PRD, desconocen su historia y a los perredeístas, y eso es grave para sus pretensiones. En el Aikido, arte marcial muy sofisticado, la finalidad de la técnica es coordinar las actitudes de la mente y el cuerpo; y uno de sus cinco principios es “conocer la mente de tu oponente”.

Advierte el maestro Morihei Uyeshiba, fundador del método de defensa personal, que si ignoras de lo que es capaz el contrario, “no puedes situarte en su lugar ni actuar con confianza”, según Oscar Ratti y Adela Westbrook, autores del libro “Aikido y la esfera dinámica”.

Balaguer pudo combatir  al PRD, luego de la contienda de abril, porque conocía sus raíces y sabía que Bosch le había impuesto la impronta psicorrígida de su carácter, a los fines de que su liderazgo nunca fuera cuestionado ni con el pensamiento; pero, lo que él creyó fortaleza resultó una de sus grandes debilidades, y aquél también lo sabía.

En política, los espacios no se ceden ni bajo presión, mucho menos el liderazgo, y Bosch, apremiado por las diferencias con Jimenes Grullón, Nicolás Silfa y Ramón Castillo, en ocasión de Balaguer ir a La Habana, le propuso cederle su espacio en el exilio, a cambio de que traicionara a Trujillo y se quedara en Cuba.

Ante tal propuesta, arguyendo Bosch que los días de la tiranía estaban contados, la memoria histórica registra la anecdótica reacción de Balaguer; más propia de un flemático inglés que del intelectual resentido de Navarrete: “Pero Juan, yo estoy debajo de la mata. Mejor espero que el mango gotee”…

El Nacional

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