El pasado viernes, dije, con la propiedad que avala el ser testigo presencial de los hechos, que los que aún creen que engañaron al doctor José Francisco Peña Gómez, son unos cretinos. Aunque a algunos les diera título de asistentes personales y a otros les hiciera creer que le complacían sus alegadas lealtades, el doctor Peña Gómez siempre supo who was who en su entorno. Doy fe de que el descaro de algunos le retorcía las fibras del sentimiento. Le dolía tanta hipocresía.
Por respetar el orden jerárquico que exigen la disciplina partidaria y la antigüedad militante, que nunca dejará de ser un rango, me refiero primero al caso del doctor Rafael Suberví Bonilla. El mismo Fello que mientras Peña Gómez estaba calle al medio denunciando el fraude colosal con que le despojaron de su triunfo en 1994, al día siguiente encabezaba una comisión que coordinaba el traspaso de regencia en la sindicatura distrital.
A ese nada más le interesa volver al ayuntamiento a hacer negocios. Ahorita lo verán de paños y manteles con Balaguer. ¡Qué le importa a Fello que yo llegue a la Presidencia! Él y Balaguer, ya se conocen. Escuché decir eso con la amargura enhielada de quien se siente traicionado, al entonces vicepresidente para América Latina de la Internacional Socialista en su oficina de la Avenida Lope de Vega, donde tenía su sede el organismo.
Sé que de nada sirve que el testigo esté vivo, si es un irresponsable consumado. Y menos si se alega que el leit motiv de su accionar político siempre ha sido el tráfico de influencias. Sin embargo, es mi deber revelar que esas precisiones de Peña sobre Suberví Bonilla fueron hechas en presencia de un asistente personal del líder que hoy anda, como burro por cáscara, buscando más impunidad, pues parece que la que le ofrece la diputación que Miguel Vargas le regaló, no le alcanza.
Dicen que en la Cámara de Cuentas quieren tomar un cafecito con él

