Opinión

Mi voz escrita

Mi voz escrita

Un negocio criminal

Los dominicanos sufrimos hace tiempo las tensiones a que nos someten las “circunstancias” de nuestros gobernantes. Por tal razón, ayer, los “factores accidentales” de los caudillos Santana, Báez, Lilís, Trujillo y Balaguer, y, hoy, la torpeza pseudo-liberal perredeista y el cruel neo-conservadurismo de Leonel Fernández, han hecho de la hipocondría una enfermedad endémica en nuestra sociedad.

La colectividad nacional, con su “stress” a cuestas, asiste sin chistar a eventos que buscan llevarla hacia el estadio insondable del letargo. Allá, donde sólo yace la utopía irredenta de virtudes soslayadas. Es como si se pretendiera que, a más de padecer en carne viva carencias elementales, la gente olvide vivir, y también renuncie a la esencia teologal del sentimiento cristiano.

Sin embargo, tener fe en Dios, esperar de él todo lo bueno y dar nosotros a los demás de lo mejor que su bondad nos prodiga, por caridad, de tan intrínseco, es irrenunciable.

La permisividad insolente con los fármacos falsificados, rebasa el lindero de la tolerancia. Es tiempo de  poner las cosas en orden. Este es un país de hipocondríacos, condicionados por los avatares que provoca el mal manejo de la cosa pública.

La realidad del ciudadano ordinario es que no cuenta con seguridad social, y, si padece una dolencia real, por lo inasequible de una consulta médica, en ocasiones, recurre a lo práctico, a la auto-medicación empírica.

Pero, si lo que recibe es un fármaco falsificado o un inocuo placebo, la transgresión no sólo es una estafa sino un crimen. Y, así, debe ser castigado. No importa el “status” social, económico, político o religioso del imputado, ni si el criminal es “un hombre del Presidente”.

La farmacia proporciona la dosis medicinal que precisa un quebranto, debidamente diagnosticado por el facultativo competente. Un “medicamento” sin los componentes, cuantitativa y cualitativamente, indicados para el tratamiento curativo de un paciente, deja el campo libre a una muerte eventual.

Es increíble e inaceptable que en nuestro país se cometan actos delictuosos de esa laya con la indulgencia o el contubernio de las autoridades aduanales, de Industria y Comercio y sanitarias, desde mucho tiempo atrás, según afirma el doctor William Jana.

Esta canallada inexcusable, es otra evidencia del relajo institucional que existe en el país. Otra prueba de lo importante que es contar con comunicadores profesionales e insobornables, como la fraterna Nuria Piera, en el periodismo investigativo. ¡Sólo Dios sabe el número de víctimas inocentes que ha cobrado la diabólica práctica!

Ahora, cual típicos malvados, los responsables de que esas desaprensiones no ocurran, descubierto el negocio, lanzan el “grito al cielo”, y condenan la acción para curarse en salud y escurrir el bulto. Dicen que hay que estar vivo para ver y oír  cosas… Pero, yo, estoy harto convencido de que, “es mejor estar muerto para no morir de estupor y espanto”.

El Nacional

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