Opinión

MI VOZ ESCRITA

MI VOZ ESCRITA

La conspiración en contra de las aspiraciones de Miguel Vargas de ganar la nominación presidencial en la XXIX convención extraordinaria del Partido Revolucionario Dominicano, para los comicios del próximo año la denuncié en mi reflexión del viernes pasado. Sin embargo, admito que me equivoqué al calificarla de sutil; el asunto no era tan sencillo. Se trató de una conjura artera fríamente sopesada, y con ánimo de retaliación.

Es obvio que la hombría de bien de Miguel Vargas, y su propia ingenuidad en materia de política mefistofélica, le impidieron descubrir el interés manifiesto que hubo en formar una comisión organizadora de la convención en la que confluyeran sus enemigos políticos en el partido, acaso con razón, debido a los tantos yerros y desatinos cometidos en el proceso preconvencional, por falta de una verdadera asesoría sociopolítica.

Se me ocurre, con la indulgencia necesaria, si es que ofendo con el símil, que el político con interés de llegar a la presidencia de la República, es como el caballo cuyo dueño quiere que conquiste el máximo premio. Si ese animal, racional o no, con atención a la similitud sugerida, no sigue “a pie juntilla”, la orientación de los que tienen el conocimiento y el deber de orientarlo, lamentablemente, no hay nada qué hacer.

Siempre estuve consciente de que al proyecto de Miguel Vargas le tenían el agua puesta, a punto de ebullición. Es más, hasta llegué a escuchar onomatopéyicamente hablando, el “plo, plo, plo” de las hirvientes moléculas de agua, desbordando la paila.

 No obstante, y para que la lección perdure, aseguro que la debacle no fue peor, gracias al ingenio incuestionable de mi hermano José “Dorín” Cabrera, quien demostró, otra vez, sus efectivos conocimientos en mercadotecnia y  publicidad.

El Nacional

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