Opinión

Mi voz escrita

<STRONG>Mi voz escrita<BR></STRONG>

La codicia desmesurada de la mayoría de los seres humanos ha sido tema de mi particular interés, tan pronto adquirí conciencia de que el dinero carece de valor para comprar las cosas más importantes, como son, la vida, la salud y la felicidad, y de que la capacidad de administrarlo, es asunto de los pocos que conocen la procedencia de sus bienes.

Administrar bien el dinero, tiene que ver con el desarrollo de un proceso de acumulación de riquezas, directamente proporcional a las formas, a las fuentes y a las herramientas que han intervenido en la captación de los recursos, pues sólo así surgen las ideas y los planes para preservar y hacer crecer la renta que se posee.

Las fuentes tradicionales del enriquecimiento son: el trabajo con la aplicación de los conocimientos logrados a través de los estudios; la herencia recibida de los progenitores o parientes en las líneas directa y colateral; las dotes a causa del matrimonio; la suerte al ganar la Lotería y el robo en sus diversas manifestaciones. El dinero que verdaderamente se administra es el que proviene del esfuerzo, la dedicación y el sacrificio que conlleva el trabajo. Aunque en menor magnitud, también el dinero de los bienes propios de un patrimonio es bien administrado cuando se quiere honrar la memoria de quien lo ha legado.

Una alternativa característica del dinero que no procede de las fuentes antes citadas, es que se dilapida con gran facilidad o el tenedor, en su avaricia por acumular siempre más, termina siendo presa de sí mismo, y, de tanto tener, acaba sin saber lo mucho que tiene, por querer tener más.

Conozco del caso de un acaudalado  hacendado de la región Este que tiene tanta tierra en fincas ganaderas, que delegó en un hijo la administración de algunas. Una vez que quiso comprobar lo que le informaba el muchacho, llegó de sorpresa, y requirió su presencia para que recorrieran las propiedades.

Uno de los encargados me confió que cuando pasaban frente a un potrero sembrado de pangola alta y verde, observó que se le encandilaron los ojos y como que la envidia lo cegaba, y que acto seguido le ordenó coordinar la compra de esas tierras. Cuando el encargado le informó que los terrenos eran de él, dejó entrever su miseria interior, pues se sintió frustrado.

Por eso, ante tanta avaricia, ante tanto egoísmo, ante tanto afán por el dinero, Dinero, que quizás faltaría tiempo para gastar, me inclino reverente ante el poeta Facundo Cabral: ¡Qué me importa tener diez, si sé contar hasta seis!

El Nacional

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