El degrado, el bajo nivel de originalidad creativa en el quehacer publicitario, sobre todo el electoralista, mueve a preocupación. Hoy, la falta de criterio profesional para motivar el consumo de un producto político se impone, hasta lograr el efecto no deseado. Son tan infantiles los yerros de los pretendidos creativos, los llamados copywriters, que, a veces, parecería que es el propósito.
No obstante, la verdad es que no hay formación integral. La incapacidad para el uso racional y lógico del idioma español, es obvia; y el desconocimiento, siquiera empírico, de nociones elementales de filosofía, sociología y psicología, a los fines de interpretar los sentimientos y las aspiraciones de potenciales sufragantes, es vergonzoso.
Prueba de lo que quiero significar, es el uso indiscriminado de los posesivos y los indefinidos, y el soslayo de calificativos atractivos que refuercen al sustantivo y completen el mensaje que se quiere enviar a través de una comunicación transparente. Claro, habría que saber si el interés es la objetividad y si la intención es sincera. Asegurar que algo empezó contando sólo con el deseo, en términos publicitarios, es poco más que un disparate.
Aparte de ofertar una ejemplaridad revendida en ocasión del centenario de Bosch, ¿cuál es el paradigma a imitar que el engreído y desconsiderado presidente del Senado sugiere? ¿El de un individuo que desprecia la vida productiva, por miedo al estamento sacrosanto o por la prosternación graciosa en aras del interés personal? ¿Acaso oponerse a la Ley de Partidos, a sabiendas de la perversidad que implica, merece algún mérito? ¡No puede haber descaro mayor!
Sin embargo, ¡vaya paradoja! En el litoral opuesto a las pretensiones continuistas de Reinaldo, se argumentan detalles que, de tan personales, resultan protagónicos a ultranza, y hasta ridículos. Sólo la autosuficiencia de Milagros, puede parir el lema Nuestra Senadora. Acicateada por su ego y el memorial de su paso por la cámara alta, olvidó su condición de aspirante.
¡Por el amor de Dios!, nuestro senador, aún se le pretenda ignorar, es a quien se quiere desplazar. Si hay precedentes argüibles, por qué no hacer diana, con el recurso cierto, con los hechos concretos de un accionar legislativo exitoso. Con el artículo definido (la) y el calificativo atractivo (no te falla), estoy seguro que: ¡La Senadora que no te falla! Es más efectivo. Me gustaría volver sobre el tema

