El PLD y su fantasma
La conciencia, como el corazón, en términos pragmáticos, no miente. No obstante, hay una gran diferencia entre ambos conceptos. Mientras el órgano catalizador del amor, según los seguidores del platonismo ortodoxo, supedita sus reacciones a un interés esencialmente idealista, el criterio interior, aunque mudo, se deja sentir con fuerza, si se actúa mal, a sabiendas.
Juan María Arias Sánchez, fue el oficial de la Policía Nacional sindicado, acusado, procesado y condenado como autor material del asesinato del periodista Goyito García Castro. En libertad bajo fianza, el funesto personaje residía a poca distancia de Baní; lugar en que lo conocí en compañía de un General amigo, hoy retirado de la institución policial.
Arias Sánchez había sido subalterno suyo y le había confiado algo que él quería que yo escuchara, pues me serviría en mis estudios de Derecho penal. Cuando penetramos al lugar, en el patio, bajo un paragüita, cerca de una rústica piscina, se encontraba el teniente completamente solo, y tomando. Eran apenas las diez de la mañana, y había ingerido casi un litro de White Label.
Como para halagarnos, el oficial abrió otro y sirvió soda Enriquillo y Seven Up, y comenzó a balbucear cosas en desorden que desnudaban su estado de conciencia; cosas que denunciaban un mea culpa. Acto seguido, el General, que sabía de su situación confesa, guiñándome un ojo, le preguntó qué se siente cuando se mata a una persona.
El teniente se transformó; parecía un energúmeno. Con los ojos encendidos y desorbitados, aspiró profundamente; y, como agradecido por la oportunidad de desahogarse, con una mueca envuelta en lo que quiso ser una sonrisa, le contestó que algo parecido a un fantasma se apodera de uno; lo persigue y no lo deja vivir, hasta que mata otro.
Comentó Arias Sánchez, dejando sentado que sólo había matado por encargo, que, aunque paradójico, después de matar otro y otro la carga se hace menos pesada. Que después se vive menos intranquilo, pues se convence uno de que sólo ha cumplido con el deber de obedecer una orden dada por un superior, y que al final de cuentas Dios tendría eso en cuenta.
Para después de la Semana Santa de 1984, se alega que el Comité Político del PLD que presidía Juan Bosch, logró un acuerdo con Balaguer, a los fines de que el Partido Reformista aportara la logística (dinero, armas, estructura militar y policial comprometida ) para tumbar el gobierno, mientras ellos hacían lo demás: provocar protestas violentas, aun a costa de un saldo de muertes inocentes previamente calculado, pues era el medio para el fin.
Conservadoramente, el balance fue: más de 300 muertos, miles de heridos e incalculables pérdidas materiales. Desde el Poder, el PLD no puede repetir aquella perversidad para aliviar su carga. De modo que, si las cosas son como contó el Teniente, el país tendrá que sufrir en otras Semanas Santas, ¡Ojalá sean pocas!, el necio y cobarde nerviosismo de los miembros de la cúpula peledeista, a causa del acoso de sus propias conciencias.

