Los dos años rumiando frustraciones que les esperan a las bases del Partido Revolucionario Dominicano, podrían hacerse interminables, si su dirigencia no cambia el chucho. Es tiempo de ver que el totalitarismo está a punto de justificarse en el sistema, a base de artilugios que el débil brazo de la ley no alcanza.
No me refiero a leyes vigentes ni por venir, como la cacareada Ley de partidos. Ésta, devendría en otra para la lista de los frustratorios códigos actuales o para crear nuevos y frustrantes estatutos, que acaso serían más del desorden jurídico que hoy sufrimos. Hablo de la urgente necesidad de institucionalizar este azaroso país.
No es verdad que el uso de los recursos del Estado, el papel la Iglesia, la guardia y casi toda la prensa del lado del gobierno, la captación de tránsfugas de mercado y el aberrante clientelismo, se pudieran evitar con retórica insulsa y con necrologías vergonzantes. A veces pienso que la impotencia hizo trizas el coraje, tan necesario en momentos apremiantes y decisivos.
Los beneficiarios de los programas sociales fueron chequeados en los colegios electorales ante la indiferencia de los inspectores de la Junta, y hoy son parte del alegado fraude que se pretendió enfrentar con el zarandeado sentimiento peñagomista.
¡Así, no se hace política! Mientras por doquier se apaleaban piñatas proselitistas, los preclaros del PRD y los advenedizos colaboradores de Miguel apelaron al fetichismo; y otra vez usaron a Peña Gómez para empujar una estrategia equivocada, como les advertí en más de una ocasión.
No obstante, reitero que, del fracaso, los grandes culpables son Hipólito Mejía y compartes, Neney Cabrera, Andy Dahuajre, Henry Sarraf y los trepadores que rodean a Miguel Vargas. De éstos, hay uno cuyo nombre me reservo por respeto a doña Juliana.
De indigna conducta, condicionada siempre por un arribismo patológico, ahora resulta que ha devenido en un pusilánime repugnante. Sólo un sujeto con esas prendas puede prestarse a anunciar con insólito descaro que el PRD tenía aseguradas 15 senadurías. Como si nunca se llegaría a saber la triste realidad. ¡Qué fenómeno!

