Con la honrosa excepción del ascendiente que le reconocía la organización aborigen al sujeto que dirigía a los demás en determinado territorio, verbigracia, los caciques Cayacoa en Higüey, Guarionex en Maguá, Caonabo en Maguana, Bohechío en Jaragua y Guacanagarix en Marién; y la semejanza que se advierte en la organización de la iglesia Católica con los obispados y los obispos, el concepto líder, históricamente ha sido mal entendido en nuestro país.
La diferencia entre aquella estructura y la eclesiástica estriba en que éstos ejercen de manera independiente en sus respectivas demarcaciones, luego de que se les impone mediante nombramiento y de que conforman un órgano colegiado denominado Conferencia del Episcopado. No obstante, dependen del obispo de la metrópolis, quien por esa condición es reconocido como Arzobispo.
Por lo demás, hay que tener en cuenta que hasta las luchas separatista y restauradora se desenvolvieron en medio de una permanente rebatiña entre conservadores y liberales, cuyo accionar sólo obedecía a sus propios intereses.
Sin embargo, resulta paradójico que, aunque para el sector conservador encabezado por Pedro Santana y Buenaventura Báez, seguidos de sus rojos, lo importante era enajenar la soberanía de la Patria, el desorden imperante en el liderazgo de los azules de Luperón y las ambiciones personales, le deparara a la nación dominicana la sanguinaria dictadura de Ulises Heureaux, Lilís, el gran traidor de la causa liberal.
Las intrigas que registra nuestro histórico partidario y militar son afrentas injustificables que desdicen de nuestra cultura política. Sin temor a equívoco, se puede afirmar que en el ánimo de los dominicanos siempre ha primado la errada convicción de una sinonimia absurda entre líder y dirigente. Y lo que es peor, en tanto peligroso; parece que la intención es desvirtuar el significado que, per se, entraña el término líder, etimológicamente.

