¡Gracias a Dios y a mamá!
El ser humano al que el destino le haya arrebatado a su mamá antes de llegar a la adultez, si está vivo, puede asegurar con toda propiedad que va a morir sin conocer el verdadero amor: El amor filial; que, a su vez, sintetiza el amor-amigo, el amor-cómplice y el amor-confidente, entre otros muchos amores que prodigan las madres. Pienso, que el hijo que no tuvo la oportunidad de abrevar en la divina fuente del amor materno, hasta el completo uso de razón, es una obra que quedó inconclusa, y, lamentablemente, sólo se nace una vez.
El amor filial es un amor único; por cuanto, es un amor instintivo; es el amor que Dios reservó con exclusiva gracia a todas las madres del mundo, sin reparar en diferencias cromosómicas de sexo ni de raza ni de credo ni de aspecto ni de conducta, para velar por sus críos. Por eso, la madre negra, amarilla o caucásica no tiene un hijo varón ni hembra, ni blanco ni negro, ni católico ni protestante, ni bonito ni feo, ni bueno ni malo. Tiene un hijo Su hijo. Y punto.
Sin embargo, nada ni nadie es perfecto sobre la tierra; aunque la idea del Sumo fuera hacernos a su imagen y semejanza, y a las cosas animadas e inanimadas, réplicas de las de su reino. Algo salió mal; algo contrarió su Divina Voluntad; y ese algo, acaso por generación espontánea, tornó en agente multiplicador de todo lo malo que aún padece la humanidad, desde tiempos inmemoriales, según lo registra la historia. Una historia llena, más que de hechos sangrientos, de ingratitudes insospechadas.
La mayor y más perversa de todas las ingratitudes, sin equívoco posible, es la que manifiesta un hijo indolente o indiferente con la hacedora de sus días; de sus días antes y después de la viabilidad de su existencia, y hasta la muerte. Estoy convencido de que sólo los energúmenos no valoran, el sacrificio de una madre que lleva en su vientre, durante nueve meses, (doscientos setenta y cuatro y medio días), desde la concepción (la simiente) hasta el nacimiento (la vida), acaso, lo que sólo su amor a deseado. ¡Gracias, Señor, por yo no ser de ésos!
Creo que es ahí, donde reside la importancia de la interacción del hijo con la madre amiga y confidente y cómplice. Los que no pudieron vivir esas experiencias, no pueden entender el mal llamado Complejo de Edipo, que bien podría ser Conflicto emocional del varón o de la hembra con respecto a su madre o a su padre, y que se manifiesta con la preferencia inconsciente del sexo contrario. Un tema excelente para otra entrega.
Pero, lo que quiero destacar, en vísperas de la celebración del día de las Madres, es la responsabilidad insoslayable de un buen hijo, con énfasis en los contemporáneos y en los futuros. Con la madre se asume un compromiso indisoluble, desde que se nace. Y a ese deber lo obliga, por extrapolación y asociación lógica, el primer mandamiento del decálogo del Monte Sinaí, pues sólo Mamá se parece a Dios.
¡Loor a todas las madres del mundo, con especial reconocimiento a la mía, para la que siempre soy su niño!

