Opinión

Mi voz escrita

Mi voz escrita

Esta reflexión la inicié en mi artículo anterior con la organización aborigen, porque entendí que retrotraer aspectos de la evolución del pensamiento socio-político, desde la sociedad primitiva hasta el advenimiento del capitalismo, del subsiguiente imperialismo y del posterior pentagonismo que vaticinara el preclaro Juan Bosch, podían contaminar la esencia del planteamiento primario.

Afirmé la semana pasada que: “en el ánimo de los dominicanos, siempre ha primado la errada convicción de una sinonimia absurda entre líder y dirigente”, y, agrego ahora, que parece que se quiere corromper el significado etimológico del término líder, quizás bajo el amparo del lingüístico cruce cultural de su origen. Sin embargo, aunque su raíz es del latín “lid” (disputa), resulta interesante que identifica al líder como un ente activo.

Esa condición permite suponer que el líder tiene que estar interesado en cambiar las cosas; en erradicar lo malo y nocivo del entorno en que hace valer su liderazgo, en procura del bienestar de los que le siguen y tienen su confianza depositada en él. Mientras que el rol del dirigente es servir de enlace; o, en buen cristiano, ser intermediario entre el líder y sus seguidores.

Según las conceptuaciones de los “expertos”, siete características deben adornar la figura de un líder exitoso: 1) Excelencia en el accionar de cada día; 2)excelencia en sus relaciones personales; 3) adaptación a los cambios; 4)eficacia; 5)creatividad; 6)interactuar con el equipo; 7)conciencia social. ¡Pura cháchara!

Hipólito Mejía, es un líder ingénito. Lo que habría de ser su paso por la vida vino escrito, y él supo leer e interpretar cuál es su misión desde sus años mozos. De ahí su éxito.  ¿Acaso se olvida su temprano ascendiente en el sector agropecuario, adonde ya dijo que dirigirá los recursos del Estado necesarios para reivindicar a los sectores productivos del campo? Por ésa, y por muchas reivindicaciones más, ¡Hipólito presidente, otra vez!

El Nacional

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