El derecho que tiene Hipólito Mejía de volver a aspirar a la presidencia de la República, no se lo puede regatear absolutamente nadie. Sobre todo, luego de que el presidente Fernández, pensando en su proyecto personal y en la semilla de discordia que de paso sembraba en el huerto perredeista, le desbrozó el camino al abolir el nunca jamás consignado en el artículo 49 de la recién reformada Constitución. Ahora bien, a lo que no tiene derecho el hombre de Gurabo es a no aceptar que su carnaval pasó, con más pena que gloria. Hipólito tiene que entender que, en estos momentos, para la causa perredeista él es un anticristo.
Hay que ser desvergonzado y tener muy mala ley para prometer a un pueblo que se lo come la queresa de tantas necesidades y penurias, cosas que él le pudo proporcionar de no ser tan ambicioso, desconsiderado y burlón, En este país no hay un alma que no piense, aunque sea con el estómago; y ésas, precisamente, son las más conscientes de que su desgracia se la deben a la indolencia de ese paladín del descaro. Cuando los huevos en su gobierno eran inasequibles, Hipólito dijo: El que quiera comer huevo que lo ponga. Eso, no es fácil de olvidar. Sin embargo, los beneficiarios de su gobierno, como ciertos periodistas de pretendido fuste hoy propietarios de bienes inmobiliarios cuya plusvalía no tiene mercado por la irracionalidad de una inversión gratuita, no sólo olvidan la desfachatez del gurabero sino que osan hablar de un estadista más que político que se apresta a recorrer el país para ofrecer su oferta (sic) de una cara nueva a los sectores productivos.
¡Que Hipólito Mejía encendió el jacho, y que miles se abrazaron y lloraron de emoción! Y, ¿Quién lo apagó?
¿Acaso fue Miguel quien negoció alegadas impunidades recíprocas con Leonel Fernández, y luego hizo explotar el caso Baninter, para usar el escándalo a su favor a posteriori?
¡Cuánto cinismo! Las voces agoreras, y por demás interesadas, no se impondrán.
La unidad monolítica tiene que ser alrededor de Miguel Vargas, sin Andy, Neney, Henry Sarraf, el hijo de doña Juliana y demás trepadores impenitentes.

