Como si se tratara de un muro con una puerta en donde únicamente pasan las personas privilegiadas, y dentro de las inicuas relaciones entre el mundo rico y el pobre, está el penoso recurso de captación de cerebros que emigran, dejando atrás la patria que los vio nacer y formarse.
Al ponderar las virtudes de las sociedades desarrolladas, indiscutiblemente que dentro de éstas está la captación y formación de sólidos recursos humanos, que son los que, en última instancia, permiten dar saltos cualitativos.
Es un corolario comprobado que en el desarrollo societal pesa más la formación de la gente que las riquezas naturales de los pueblos, y como ejemplo se puede poner a Japón, por lo que ninguna nación puede alcanzar estadios acrisolados de progreso sin gente bien formada.
Los países pobres con cerebros privilegiados padecen atrozmente de la fuga de esos recursos humanos, debido a que ni tontas ni perezosas, las grandes economías del mundo mantienen una “atractiva” política de captación de estas personas.
La fuga de cerebros es de los grandes dilemas que tienen los países pobres para superar sus atrasos sociales y económicos.
Y es que si la fuga de capitales afecta enormemente a las economías débiles, la de cerebro las sumerge en el subdesarrollo y la pobreza.
La gente talentosa y altamente capacitada en colectividades del tercer mundo tiene a diario miles de tentaciones que la obliga a pensar seriamente en irse a los grandes centros capitalistas, pues de golpe y porrazo, en esos espacios el ascenso social está garantizado.
La historia no es nueva y como ejemplo se puede tomar el caso del excelso científico Albert Einstein, quien emigró en varias oportunidades a diferentes latitudes, alejándose de sus orígenes y aportando un arsenal de ideas y proyectos al país de acogida.
Penoso dilema el que tienen por delante la gran mayoría de las naciones tercermundista con sus mentas privilegiadas, y su incitación a migrar.

