Hablo de Miguel Cocco, un ser al que quise, quiero y querré mucho. Y hablo así porque a personas con esa carga de humanidad no se le deja de querer después de su muerte física; por el contrario, cada vez, por los efectos del vacío material que dejan, se les quiere más, mucho más.
En fase inicial lo conocí superficialmente en la Universidad Autónoma de Santo Domingo poco tiempo después de aquella conquista. Entonces éramos fuertes adversarios políticos, aunque todavía él no estaba en las primeras líneas de aquellos justificados encontronazos político-ideológicos.
Miguel socialcristiano, anticomunista, y yo comunista. Él, del Bloque Revolucionario Universitario Cristiano (BRUC), grupo estudiantil de derecha; y yo de Fragua, coalición de la izquierda universitaria. Pero, realmente no lo traté.
Nuestro encuentro se produjo más tarde, meses después de la revolución de abril de 1965 y posteriormente al viraje a la izquierda de una parte de la juventud cristiana y de un sector de base de la Iglesia Católica.
Miguel, inspirado en el ejemplo del Padre Camilo Torres, fundador del Ejército de Liberación Nacional de Colombia (ELN), motivado por la mística de Ernesto Guevara, se hizo camilista y participó en la formación de los Comités Revolucionarios Camilo Torres (Corecato); mientras yo desde el inicio asumí mi militancia comunista heterodoxa y estuve entre los impulsores, desde el Partido Comunista Dominicano (PCD), del diálogo entre marxistas y cristianos; proceso en el cual estuvieron, además de los corecatos, los Cristianos Comprometidos.
Con él no tardé en forjar una firme hermandad revolucionaria y una amistad entrañable, extensiva a nuestras familias; al punto en que aun en las condiciones de riesgosa clandestinidad, Miguel siempre tuvo acceso a donde yo estaba y participó en no pocas gestiones y operativos para garantizar mi protección.
Coincidimos, además, en la necesidad de confluir con Caamaño y desde el PCD lo ayudamos a establecer relaciones con el coronel de abril en Cuba. Sus relaciones con la iglesia contestataria, a su vez, aportaron a nuestro trabajo clandestino. Recuerdo como Miguel logró que el padre Olmo, nos escondiera parte de las armas de abril debajo del Altar de la Iglesia Santa Ana de Gualey.
El mismo padre, de origen mexicano, ayudó, junto a Miguel y a Enriquito de León (cristiano comprometido), a preparar mi salida del país a finales de 1970, vestido y entrenado como sacerdote, para salvar mi vida de la persecución a muerte desatada por la CIA y el régimen balaguerista. Incluso me acompañó hasta el barco español Virginia de Churruca, que me llevaría a Cartagena de Indias luego de pasar por Veracruz.
A mi retorno clandestino en enero de 1973 volví a encontrarme con Miguel y nuestra hermandad y permanecía inalterable. Aquel reencuentro fue realmente emocionante.
A seguidas el desembarco de Caamaño por Playa Caracoles sorprendió a todos(as) y su desenlace, mas allá de las intenciones y posturas particulares, agravó la crisis de las izquierdas y del campo progresista. Miguel optó en lo adelante por estrechar vínculos con Bosch, un reformador social sin vocación revolucionaria, pero el más honesto, sensible y progresista de los líderes criollos de larga tradición y experiencia política.
Nosotros(as) como PCD persistimos en le proyecto propio y ambos emprendimos caminos diferentes, cada vez más diferentes en la medida el PLD se derechizaba.
Nuestra mayor divergencia en esas nuevas circunstancias se produjo a raíz del pacto patriótico Bosch-Balaguer, PLD-PRSC, de cual Miguel fue artífice. Pero aun en esa desgarradora coyuntura nuestra relación personal no fue afectada.
Miguel, cariñosamente Coquito, fue la diferencia dentro del oficialismo en no pocos aspectos, incluida su sencillez. Una de las pocas excepciones, siempre dentro de los límites y condicionantes de un poder al servicio del gran capital y las cúpulas políticas corrompidas. Y logró, cosa muy difícil, que el pueblo así lo percibiera.
Coexistió en ese pantano y nadó en sus aguas pestilentes sin enlodarse personalmente y sin pisotear su pasado.
Algo para lo cual hay que tener un talento y una sagacidad muy especiales. Solidario, cariñoso y generoso, y siempre lleno de humanidad y valor. Con el honor de su familia, de Minerva y sus hijas, siempre pendiente, cuidando su legado, decidido a no mancharlo.

