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MIRADAS

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Coordinación de Miradas
Lillian Fondeur Q.
Asociación Dominicana de Periodistas con Perspectivas de Género

Ser ciudadana o mendiga de derechos: dilema cotidiano en un país en el que las relaciones con figuras de autoridad  o poder implican, por regla general, aceptar el abuso o rendir culto al cargo o a la personalidad de quien lo ostenta.

En ocasiones, las conductas autoritarias, represivas o antidemocráticas son publicadas en los medios de comunicación, como cuando un guardia presidencial impide que un ciudadano porte un letrero para expresar sus ideas en una actividad encabezada por el Presidente; o un ministro no respeta las normas de la institución que dirige, y desconoce años de trabajo,  debates y consensos.

Pero nuestra cultura autoritaria se refleja en todos los espacios públicos o privados por la forma en que se ejerce la autoridad: el uso del poder para imponer,  aplastar  o burlarse de los derechos, las visiones del mundo o las opciones de vida de los demás es una constante.

Dejamos pasar los desmanes por apatía,  por cansancio.  Aunque de vez en cuando la indignación estalla,  no ya por el abuso, sino la soberbia de quien lo comete.

Viví uno de esos momentos en la sucursal del Banco del Reservas del Centro Cuesta, de la avenida  27 de Febrero esquina Abraham Lincoln. Dos militares, uno de ellos oficial,  fueron exonerados de hacer una larga fila.

La mayoría de clientes ocupábamos en ese momento un pasillo fuera de las instalaciones del banco.   Por sus insignias, sus urgencias como usuarios de un banco del Estado, se consideraron  más importantes que las del resto.

Aquello provocó la indignación de una señora que pedía una explicación, mientras el guachimán  se limitaba a tratar de calmar los ánimos.

Minutos después, dentro del Banco, al ver que los militares, iban a realizar sus transacciones antes que todos los que habíamos esperado nuestro turno, la señora muy dignamente volvió a exigir su derecho a no ser una ciudadana de segunda, ante el silencio de los demás afectados (yo tampoco protesté en ese momento).

Pero,  fue tal la actitud de los guardias, quienes exigían silencio y mandaban a callar a la señora, en vez de disculparse u ofrecer alguna explicación sobre el irritante privilegio que exhibían, que no pude evitar sumarme a la discusión.

 Actué sólo por la rabia de ver a dos militares insultando a una señora que exigía un derecho. Su bravuconería no se hizo esperar.  Me mandaron a callar y me explicaron que “estaba hablando de más”. “Mejor cállese, yo soy un oficial, cállese, que luego dicen que los militares somos malos”.

Así que había una amenaza velada,  que se podría interpretar así: “Este uniforme-aunque no esté de servicio- me da un poder y evíteme usted la molestia de emplearlo”.

Del mérito de alcanzar una posición que exige sacrificio, respeto, un comportamiento ejemplar o el reconocimiento público. La autoridad mal entendida nace del poder factico y de su uso desproporcionado.

Ese uso del poder de forma arbitraria y la soberbia de los militares, provocaron cierta indignación entre otros clientes, aunque la mayoría guardó silencio. La señora indignada y yo, no obstante, no parábamos de hablar. Ella se negaba a ceder su turno.

Finalmente, los militares decidieron concedernos el lugar que nos habían quitado. “Mire, pase, pase”, le dijo el oficial a la señora con aire de quien quita un estorbo del camino.

Otra vez estuve dispuesta, como todos, a ceder, a dejar que el tipo de uniforme se saliera con la suya, pues ese día estaba en actitud apática, anti-ciudadana. Quería hacer mi transacción, irme a beber un café, concentrarme en mis asuntos.

Y otra vez el militar  actuó como un perdona vidas, tanto que desafío mi apatía. Comentó, en tono altanero  “¿y usted no va a pasar?”  Lo pensé por un momento.

Me desconcertó la desfachatez. Finalmente dije que dije sí, que pasaría. Más o menos respondí: “Pasaré porque usted no tiene derecho, ni razón, ni autoridad, un uniforme no le da autoridad a nadie. Pasaré porque es mi turno”.

Terminado mi pequeño discurso, hice mi transacción. Mientras  me dirigía a la salida, puede oír a los militares comentar “A esas mujeres seguro que no las aguanta nadie, ni en su casa”.

Y sonreí resignada. Ellos no entienden lo que significa exigir un derecho, posiblemente han sido formados como militares en un ambiente de represión e irrespeto a su dignidad como personas.

Lo sé porque cuando trabajé como periodista en coberturas de casos policiales y en  temas relacionados con la milicia, pude observar que en los cuerpos armados, los jefes pueden insultar sin contemplación a los subordinados y que más que disciplina se pide devoción por el que manda.

Ya en casa pensé: “hemos ejercido un derecho como ciudadanas y como personas.  No  nos hemos dejado amedrentar por dos perdona vidas uniformado, pero ellos solo han entendido que dos mujeres malcriadas  los sacaron de quicio”.

Ahora me pregunto si otros usuarios reflexionaron sobre la importancia de construir relaciones basadas en el respeto para ser ciudadanos y ciudadanas, o si  solo recuerdan  la anécdota de dos mujeres que discutieron con  militares en un banco. 

Si no podemos exigir un turno en un banco, ¿cómo seremos capaces de participar en reformas, presupuestos participativos y consultas sectoriales? La ciudadanía es un concepto vacío si los derechos no se exigen. Es necesario respetar y no nos vendría nada mal aprender a exigir respeto.

El Nacional

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