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Desde luego, la conversación con René del Risco se deslizó mucho más allá de Heidegger y Plotino, introduciéndose en la producción y sus mercados, así como en el sistema conque éstos deben comunicarse a través de la ocupación que ejercíamos: la publicidad, ya que ésta —la publicidad—, como correlato de una publicística que enrola al periodismo, la comunicación social y las relaciones públicas, debe servir como canal de comunicación comprensible a sus lectores y auditorios objetivos.
Recuerdo que René me preguntó: “Efraim, ¿te imaginas lo que sería, en este trecho histórico de nuestro pueblo (se refería al neurálgico decenio de los 70’s), una publicidad orquestada por extranjeros?” Le respondí a René que sí, que me la imaginaba como un huevo sin sal o, peor aún, como un desaguisado violentador de nuestra realidad.
A seguidas, nos remontamos a la mutación sonora esgrimida por los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, una teoría que colocó los primeros ladrillos en la comprensión de los comportamientos y especificidades de los pueblos y naciones como los componentes esenciales de sus culturas, algo que podemos palpar en pleno Mar Caribe, donde existen tres naciones que, como Cuba, Puerto Rico y República Dominicana, herederas de la colonización española y mezclas raciales sumamente parecidas, han derivado giros distintivos en el castellano que hablan y en otros significativos modos de vida: en el arte, en los sistemas de valores e, inclusive, hasta en esos derechos fundamentales del ser humano que se traducen en las creencias.
De ahí, a que un jingle con ritmo de jazz difícilmente podrá anunciar exitosamente un producto como el casabe de Monción, o el chicharrón de Villa Mella, lo mismo que la utilización de un merengue como fondo musical no podrá ejercer comunicación alguna en un comercial para los Corn Flakes de Kellog’s, en EEUU.
Sin embargo, debo aclarar que como en publicidad todo es posible debido a esa multiplicidad de recursos que engendra la heurística, podría —y a través de ciertas condiciones aleatorias— vender el chicharrón con jazz y el corn flake con merengue, adecuando los sistemas referenciales de los públicos destinatarios y llevando hasta los creativos involucrados en los procesos de producción nociones culturales de República Dominicana y Estados Unidos; o, como otra vertiente, educando a los auditorios sobre los referentes culturales implicados en la producción.
Pero, ¿por qué apunto todo esto? Lo hago por algo bien simple: en el libro “Mis mejores 100 artículos de publicidad y mercadeo”, Freddy Ortiz —sin teorizar— compara y sitúa los errores que han matizado la reciente cronología histórica de la publicidad dominicana, casi todos atorados, primero en la pluriesfera de un mercado sin prototipos industriales, y luego entrampados en lo global.
Ortiz, en el libro, alerta a los sectores publicitarios y mercadotécnicos dominicanos sobre estos errores y trampas, advirtiendo lo que, a la larga, conllevará a la imitación de marcas y estilos, así como al seguimiento de estrategias estructuradas para culturas completamente alejadas de la nuestra.

