Opinión

Motivos de alarma

Motivos  de alarma

Tan indiferente se ha tornado, tal vez abatida por la impotencia, o tan distraída parece la sociedad dominicana con el espectáculo en que se han convertido los aprestos para reformar la Constitución y los conflictos que sacuden a los partidos políticos, que no se percata del incremento de peligrosos males que corroen sus entrañas.

Desde hace tiempo se ha visto en los feminicidios la expresión más perturbadora de una descomposición que crece, no propiamente como resultado de una crisis de valores, sino por las mismas razones que se han disparado los deplorables embarazos de adolescentes, la deserción escolar y la violencia estudiantil en los propios centros de enseñanza.

Son síntomas de una grave enfermedad.
Hemorragias como la que desangra a la nación suelen explicarse cuando una sociedad se gasta líderes que carecen de mayores méritos morales y profesionales, que no son resultado del trabajo, sino de la imposición (o la inversión de valores). Lo intrigante es la indiferencia, no de las grandes masas populares que apenas se percatan de su tormentosa realidad, víctimas por partida doble, sino de los sectores pensantes y los que más tienen que perder.

Es inconcebible que una niña de apenas 11 años sea muerta a golpes propinados con una saña brutal por una compañera de más edad en presencia de adultos, que en lugar de intervenir se deleitaron contemplando el doloroso espectáculo, y que nadie, pero absolutamente nadie, haya reaccionado.

Si el incidente pasó prácticamente inadvertido, salvo las consabidas lamentaciones, mucho menos efecto tendrá el caso de la niña que fue obligada a sexo oral por unos compañeros de estudios. Se dirá que la escuela anda mal, y es posible que se cite como prueba el bajo desempeño de los profesores en las evaluaciones de competencias. Y es verdad que la escuela anda mal, y también que la familia anda mal.

Pero la escuela y la familia no son más que expresiones de la sociedad, que es con su sistema económico, político y social, la verdadera responsable de esas prácticas que se quedan como campana sin badajo. En tanto prime la impunidad y los buenos ejemplos desde arriba brillen por su ausencia no hay esperanza de que el panorama cambiará.

La crisis de confianza que se vive hoy parece tan normal, que se asume como un deporte. Pero los casos que están ocurriendo, como el de las dos estudiantes, demandan que la sociedad abra los ojos, porque de lo contrario, por el camino que se transita, se puede terminar en un abismo. Se pueden citar muchos otros sucesos, pero es más factible que la población se ejercite haciendo memoria y que reflexione por cuenta propia. Antes que sea demasiado tarde.

El Nacional

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