Muertes de la pobreza
No es cierto que, por afectarnos a todos, pueda decirse que la muerte sea una contundente manifestación democrática. Fuera así si ella, en su definitivo influjo en la vida de los seres humanos, no reparara en determinadas condicionantes ante las cuales se repliega, aun sea para postergar su estocada final.
En efecto, es falso afirmar que, porque todos morimos, la muerte opera con la misma contundencia y al margen de las condiciones materiales de existencia de sus elegidos. En ese sentido, se torna poco equitativa, incluso impiadosa por mostrarse sádica y avasallante frente a la fragilidad extrema que caracteriza la pobreza.
Sin importar las formas en que se presente su llamado aniquilador, sea como fenómeno natural, como accidente o por perturbaciones de salud, son muy distintas las consecuencias en función de las herramientas que dispongan los destinatarios para hacer frente al infortunio súbito.
Es innegable que en la riqueza la muerte pasa revista por idénticas causales que en la pobreza, pero suele hacerlo con mayor dilación, con menor potencialidad destructiva, y se encuentra con obstáculos tan robustos que en ocasiones se ve obligada a desistir, aun sea de manera momentánea, de completar su obra en las víctimas afortunadas.
Ahí radica el gran fracaso de este sistema económico, social y político que prima en el mundo: Propicia tal nivel de desigualdad, que no proporciona las mismas oportunidades para disfrutar de la vida, que es lo mismo que decir, para eludir la muerte.
Eso no tiene que ser por obligación excluyente de errores y negligencias personales, que se dan y deben ser sancionadas con rigor, pero bajo condiciones similares, podría encargarse de la misión al más abnegado de los administradores y no podrá sobreponerse a los rigores implacables de la precariedad y a mecanismos absurdos de asignación de recursos, donde el afán de lucro se coloca por encima de la salud y el bienestar de la gente. En esos escenarios, mantenerse sano y ahuyentar a la muerte, será un privilegio de pocos
En esas razones está la explicación de los frecuentes fallecimientos de los niños que deben nacer e intentar curarse en los canales precarios que ofrece la marginalidad. El caso, sus causas y las macabras estadísticas han estado ahí desde siempre. Como nada es tan y tan malo que no tenga algo bueno, las más recientes evidencias han servido, al menos, para recordarlo. Hasta que el olvido se imponga de nuevo.

