Ser un hombre joven en un barrio de una ciudad o poblado dominicano, donde la seguridad y la preservación se han convertido en una cuestión personal, se ha vuelto una dura experiencia. Los jóvenes se ven atrapados por esta lógica del desamparo y de la necesidad de defenderse, y muchos se inician en un estilo de vida violenta, a partir de estas vivencias. La violencia que mencionamos sorprende a muchos por su gratuidad y sobre todo por el exceso que se expresa en las muertes en las ciudades dominicanas. Al parecer se trata de una violencia que se inserta en una red de relaciones teñidas por la desmesura y por la privatización de la venganza. Son violencias vinculadas a una institucionalidad criminal que se expande de manera centrífuga, de las violencias de hombre jóvenes habitantes de barrios populares implicados en enfrentamientos cotidianos, bajo la sombra de un cartel de ficción que reza «barrio seguro».
Se trata de una violencia social, urbana, armada, e infrapolítica, diferenciándose de la «banda colorá», o de más atrás los paleros para subrayar las dimensiones económicas e instrumental de estas nuevas violencias, cuyo carácter se encuentra diluido frente a la orientación de los actores organizados hacia el control de los recursos o actividades clandestinas. Una violencia ante la cual el Estado se encuentra impotente y debilitado; uno de los indicadores más resaltantes del auge de esta violencia en la República Dominicana es su incremento acentuado y sostenido de las muertes violentas contabilizadas por los organismos oficiales, duplicándose constantemente los casos registrados y las tasas de homicidios. Este auge de violencia en el país, esta incapacidad para contenerla así como también este ejercicio ilegitimo y excesivo por parte de la fuerza pública, puede entenderse desde arriba, es decir, desde una perspectiva estructural a partir de una espiral fatal de agudización de la penetración del narcotráfico, la propagación del crimen organizado y la extensión del uso de armas de fuego.
Desde la perspectiva de las vivencias de jóvenes varones de barrios paupérrimos, estas tendencias se han traducido en diferentes experiencias que atentan de modo intenso contra su integridad y dignidad personales. En testimonios de jóvenes con vidas violentas, se revelan con recurrencia diversas vivencias: ausencia de seguridad pública y dinámica de violencia armada en sus comunidades; presencia de armas en su entorno cercano, ejerciendo el arma una atracción muy fuerte en los varones.
Estas dinámicas se experimentan subjetivamente como desamparo y orfandad de seguridad pública. Los jóvenes incorporan el sentido de vivir en un mundo de antagonismo puro y bajo la ley del más fuerte.
