THE NEW YORK TIMES. Alí, quien murió el viernes a los 74 años de edad, fue el mejor boxeador de todos los tiempos, pero también era profundamente humano, tan lleno de fragilidad y flaquezas como cualquiera.
Físicamente era vulnerable: desde temprano, los médicos les advirtieron a él y a su equipo que estaba recibiendo demasiados golpes cuando entrenaba para sus peleas. Él no escuchó, y nadie alrededor suyo trató de persuadirlo de lo contrario.
Muchos estarían de acuerdo con el entrenador de boxeo Emanuel Steward cuando dijo que Ali debió renunciar después de su triunfo sobre George Foreman en Zaire (hoy la República Democrática del Congo), en 1974. En cambio siguió boxeando por siete años más y pagó el precio en las décadas siguientes con fragilidad física y mental. Su entrenador, Angelo Dundee, dijo que ya estaba sufriendo de daño cerebral cuando luchó en sus últimas dos peleas.
Al parecer mientras la gente más observaba a Ali, menos lo comprendían. Muchos de los escritores que lo alababan, a los que llaman los “Escribas de Alí”, lo personificaron como un miembro de la contracultura de los años 60 por negarse a servir en Vietnam en 1967.
Mucho tiempo después de su retiro, permaneció como un símbolo de fuerza sólida, pero incluso durante su carrera iba en descenso. He aquí un joven boxeador, autodescrito como ‘bonito’ quien lo podía deslumbrar con sus raps, que siempre se desbordaba con confianza. Pero los tres años lejos del ring, de 1967 a 1970, fueron dañinos.
Alí era un pugilista, pero también poeta, literalmente. La primera vez que lo vi fue en 1963, cuando vino a leer su poesía en un café en Greenwich Village en Nueva York llamado The Bitter End (El Amargo Final).

