Opinión

Nada representan

Nada representan

Es muy posible que al momento de los políticos y filósofos concebir la democracia representativa no se imaginaron que en una determinada coyuntura de la historia  la voluntad del pueblo iba a carecer de valor porque la representatividad resultaría ineficaz, ya que la misma no reflejaría el sentir de los que, por medio del voto, creen estar escogiendo a sus representantes.

Con el  tiempo, se ha comprobado que en la representativa el sentir de los que van a las urnas resulta viciado una vez los elegidos comienzan a ejercer sus cargos, lo que demuestra que la falsedad está vinculada con el sistema de elección y la forma para llevar a cabo los procesos electorales, dependiendo siempre del nivel de deterioro en que se encuentre el ordenamiento social.

Lo que se ha comprobado en nuestro país es que la representatividad de la democracia que predomina aquí, y en otros países de América Latina, es una ficción, y  la realidad objetiva es que lo que en verdad se llama pueblo es un actor pasivo, utilizado para legitimar el dominio de las minorías que  tienen el control efectivo de los resortes del poder.

Un análisis somero de cada una de las instituciones que conforman el Estado, revela la ineficacia y la ausencia de representatividad en cada una de ellas, con el agravante de que los que deciden ejercer el sufragio carecen del poder de revocación, lo que hace más evidente la infuncionalidad de la representación en la democracia representativa.

No tienen que hacer mucho esfuerzo los dominicanos y dominicanas para darse cuenta de que la representatividad en la democracia dominicana solamente ha servido para que grupos de politiqueros se aprovechen de la buena fe del pueblo para engañarlo. La generalidad de los que van al Senado, a la Cámara de Diputados, a los ayuntamientos y a la función del Poder Ejecutivo, solamente se representan ellos mismos y a los grupos que se identifican con sus intereses clasistas.

Cada elector y electora se puede dar cuenta que la gran mayoría de los que son favorecidos con los votos ejecutan actos, en el curso del desempeño de los cargos para los cuales han sido elegidos, que no tienen nada de semejanza con la conducta y comportamiento de aquéllos a quienes dicen representar.

 Los hombres y mujeres del pueblo van y depositan sus votos en las urnas con la creencia de que están eligiendo, por ejemplo, a senadores y diputados decentes y honrados, pero luego se dan cuenta que la mayor parte de esos legisladores utilizan su investidura para hacer cosas feas y sucias que nada tienen que ver con la limpia conducta y honradez de los que, supuestamente, están siendo representados. Los representantes en los organismos de la democracia representativa sólo en casos excepcionales manifiestan la voluntad de quienes en ellos han delegado.

Es de suponer lo decepcionado que se debe sentir quien favoreció con su voto a un legislador de su provincia que luego comprueba que obtiene mensualmente varios millones de pesos. En estado de total frustración está también el decente ciudadano que después de elegir a un regidor descubre que su elegido no es más que un traficante de influencias que asiste a la Sala Capitular a levantar las manos para dar su aprobación en aquellos asuntos en los cuales compañías o particulares tienen intereses que en nada coinciden con los de la comunicad que el elegido dice representar.

Lo mismo ocurre con los que, ingenuamente, concurren a las votaciones para elegir a la persona que ha de ocupar la función de Poder Ejecutivo, quien, en la presidencia, hace lo que le da la gana.

 Si tomamos como punto de referencia la democracia representativa que existe en nuestro país llegamos a la evidente conclusión de que las dominicanas y dominicanos tienen que estar plenamente convencidos de que han sido estafados políticamente, engañados, engatusados, porque no es verdad que los electores y electoras del país han expresado su voluntad política por medio del voto para que la generalidad de los que han ido a cargos electivos hagan, como ha hecho la mayoría, todas las cosas feas y sucias propias de truhanes, granujas y “tigres” de la peor ralea. Personas decentes no pueden estar representadas por lo peor de la sociedad. Se delega en favor de lo que sirve para que se comporte como lo hiciera aquel que delega, pero en la democracia representativa dominicana la representatividad ha sido una estafa.

El Nacional

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