¿Hasta dónde ha penetrado el negocio de las drogas en la República Dominicana?
Las respuestas pueden ser muy variadas, pero de lo que estoy seguro es de que la mayoría va a responder diciendo que las raíces de este mal, son más profundas de lo que quisiéramos y de lo que cualquiera pudiera imaginarse.
El rumor público, desde hace mucho tiempo, lo había venido susurrando, hasta que el senador de Peravia (Baní), Winston Guerrero, dio el grito de alarma, asombrado por la proliferación del narcotráfico en su demarcación, y por la indiferencia cómplice de las autoridades provinciales, ante la ofensiva de la compra venta de estupefacientes.
Al margen de los consumidores, que son las víctimas, y de los beneficios pingües de los capos y sus socios, lo que más duele y más daño le ocasiona a la sociedad es el hallazgo reiterativo de la participación de policías, marinos y militares, en un negocio tan sucio, peligroso y denigrante como es el tráfico de drogas.
Primero fue la Matanza de Paya, en Baní, en la que fueron asesinados siete colombianos, hecho en el que se descubrió la participación de la totalidad de los marinos destacados en la base naval de Las Calderas.
Pocos días después, en Bonao, durante el arresto de un traficante intermedio, se encontró en su poder una lista con los nombres de la dotación policial completa de ese municipio, con la asignación que cada uno recibía semanalmente, a cambio de la colaboración ofrecida.
Más adelante, se produjo la detención de más de una veintena de agentes de la Policía Nacional, entre ellos oficiales superiores que prestaban servicios en la provincia de Puerto Plata, acusados de haberse involucrado en el narcotráfico, y de haber participado en hechos de sangre cumpliendo órdenes de los capos de la región. En este último caso, las investigaciones han sido más rápidas y se conoce ya de la cancelación de policías y oficiales comprometidos.
En el destape de Bonao, todavía no se han ofrecido los resultados, y la población espera la aplicación de sanciones más severas todavía.
La infiltración del narcotráfico en los cuarteles militares y policiales no es táctica nueva. Neutralizar esos estamentos y ponerlos de su lado, ha sido una aspiración de los cerebros de la droga. Lo preocupante es la falta de mecanismos efectivos de prevención en los altos mandos de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional.
Existe poca diferencia entre los corruptos civiles y los corruptos militares y policiales. La tendencia es la misma, y se inclina hacia la ostentación y el exhibicionismo. Nadie es más parejero, petulante y engreído que los corruptos caribeños, centroamericanos y sudamericanos. Son tan atrevidos, que no se ruborizan al mostrar el cuerpo del delito.
Las riquezas acumuladas por algunos oficiales superiores y clases, no se corresponden en lo absoluto con los magros salarios que reciben. Si la intención es sanear los institutos armados y policiales, ¿por qué no se comienza por ahí?
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