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Neruda La llama múltiple

Neruda La llama múltiple

Cuentan para quienes quieran creerlo, que apropósito del primer aniversario de la muerte del gran poeta chileno Pablo Neruda, se celebró en la ciudad de México, a instancia y coordinación de Octavio Paz, el Primer Congreso Mundial de Poetas “Pablo Neruda”; cuya finalidad no era otra sino el de homenajear por tres días seguidos al inmenso autor de “Residencia en la Tierra”, situando con justicia su ejemplar trayectoria estética, y analizando a fondo la vastedad, multivocidad y trascendencia de su obra.

Se dice que luego de dos días de festejos y homenajes. De hallazgos, consideraciones y contradicciones entre poetas, catedráticos, filólogos, oradores y críticos de diversa ralea y partes del mundo, y ya casi en los minutos finales de los actos, un joven poeta de nacionalidad colombiana, quien hasta entonces se había mantenido totalmente absorto y callado, quizás aturdido por la barahúnda erudita de doctos y escribanos célebres, pidió permiso para leer un poema suyo recién escrito, en homenaje, “-¡claro está!-“, dijo, de manera teatral y contundente: “-del gran autor de “Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada”.

El poema en cuestión tenía el simple título de “Don Pablo”, por lo que los organizadores no tuvieron reparos en aceptar la petición, ya que, pensaron, qué mejor manera de finalizar un sentido homenaje a un poeta mayor, que con la lectura de un pequeño poema, escrito por un novísimo poeta, aunque desconocido sí, pero de evidenciada admiración y enamoramiento de las letras del gran autor de “El hondero entusiasta”.

El joven poeta, ya con la venia de los presentes, pasó al centro mismo de la Sala de Actos de la Universidad Nacional Autónoma de México. Y desarrugando una hoja de papel amarillo, poblada por un texto central tachonado de correcciones disímiles y cotejos al margen, empezó a leer su poema, un tanto atribulado y no poco tembloroso. El poema era el siguiente: “Señor, Don, Excelentísimo/Mister, Master, Monssier,/Don Neftalif, Don Ricardo,/Don Neruda/Conste que no me burlo,/Es el respeto disfrazado de risa./Pero no lo soporto./No le permito tamaña humillación/Como el de escribirle un verso a la cebolla/Y hacerlo bien./Yo, sin embargo, soy tan torpe en el oficio/Que apenas puedo cocer tres versos/Para decirle a mi mujer que vivo/Con esas palabras que usted malgasta/En congrios, alcachofas,/perros muertos y cebollas/Maldito usted, Don Pablo/Que utiliza palabras/Y las deja inservibles”.

Cuando leí por primera vez esta anécdota y leí el poema, reinventando en su escenario la circunstancia maravillosa de su lectura en público; no sólo me esforcé memorizando el bello y sorprendente poema del joven poeta colombiano (¿?), sino que comprendí –y descubrí-, el rango del más grande y verdadero homenaje que pueda proferírsele a un autor como Neruda, ya que alude de manera tierna, firme y candorosa, al formidable torrente verbal que significa su obra en el escenario de la lírica Hispanoamericana y Universal.

 García Márquez, luego de situar la importancia en sus años formativos de la obra literaria del gran chileno, dijo a Plinio Apuleyo Mendoza, en aquel ya memorable libro de entrevistas, El Olor de la Guayaba (1982), que siempre ha visto y considerado a Pablo Neruda como una especie de Rey Midas de la poesía escrita en el siglo XX. Ya que este, dice el Nóbel colombiano: “Todo lo que tocaba lo convertía en poesía, aun cuando transitaba en esos senderos insondables como los temas políticos”.

Y ciertamente, el ser verbal de Neruda, tocaba todas las puertas de la cosas y hallaba para nosotros el esplendor de su esencia.

En uno de los ensayos más preclaros sobre la obra de Pablo Neruda, titulado “Pablo Neruda: Poesía, amores y luchas”, su autor, Harold Alvarado Tenorio, nos dice que “Pablo Neruda nació a la vida y a la poesía en los años de auge y decadencia del Modernismo, que había opuesto –desde finales del siglo XX-, un concepto aristocrático del arte a las cansadas realizaciones de los últimos románticos, servidores públicos de nacionalismo, liberalismos, costumbrismos y realismos”. Y es en esos momentos claves, de crisis tanto social como estética –los comienzos de los años veinte-, que nuestro inmenso Neruda publica sus primeros libros.

Desde sus primeros versos Neruda fue un acontecimiento. El hecho raro del inusitado crecimiento de su raigambre creativa, radica en un punto cardinal e incuestionable: “Por vez primera en español, un poeta hablaba el lenguaje de sus anónimos y masivos lectores”. Esto último, a propósito de la sorprendente popularidad alcanzada por “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”.

Jaime Concha, otro de sus tantos estudiosos, ha sostenido que si hay algo que representa la poesía de los “Veinte poemas…”, si hay algo que determinó una lectura tan extendida en los países del continente, “no es otra cosa que el Eros de la pobreza, un amor a la medida de la clase media”. Para Concha, esto explicaría su éxito a través de los años en sucesivas y millonarias ediciones.

Neruda le escribió al amor, pero también al dolor. Le escribió a la guerra, pero también cantó la pasión de los cuerpos. Puso en su canto al clavo, al sombrero, a la hormiga, a la cebolla, al papel, al vino, a los caracoles, al viento, al mar,  al pan, al agua… Pero también dejó patentizada la indignación de los pueblos; la esperanza del hombre humilde, la nobleza del pueblo llano, lo sublime del amor correspondido.

Considerado en vida como el más grande poeta del Siglo XX –aunque “por joder”, García Márquez mencione en otra entrevista a Agustín Lara y a Armando Manzanero-, luego de su muerte,  muchos estudiosos sitúan la influencia de sus obras en otros confines literarios y lingüísticos. Entre estos destaca “Poesía y Estilo de Pablo Neruda”, de Amado Alonso (Editorial Losada, 1940), el cual se constituyó en el primer estudio serio, extenso y profundo de supoesía, publicado cuando este contaba tan sólo con 36 años de edad.

Como se lee, Neruda, en persona y obra, sobrepasa los límites de todos los coloquios. A su llama de ondulaciones múltiples, uno la contempla y la disfruta, se deja llevar, mas su reciedumbre sólo permite tímidos acercamientos, bajo la promesa de futuras inmersiones.

El Nacional

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