Históricamente en este país ha existido en una gran parte de sus ciudadanos un sentimiento de pesimismo y de oposición a todo lo que signifique progreso y desarrollo que asombra a propios y extraños.
No hay manera de entender cómo es posible que un colectivo social procure avanzar anteponiendo en su camino un comportamiento de resistencia a proyectos y obras transformadoras que pudieran cambiar y superar ese accionar tan negativo .
Desde que tengo uso de razón y conciencia política he visto reproducirse este fenómeno en diferentes momentos, épocas y circunstancias, como si fuera una maldición inherente al pueblo dominicano.
Quiero que quede claro que esta reflexión sobre esta nefasta conducta ha abarcado y tocado a todos los gobiernos que se han registrado durante la etapa democrática de los siglos XX y XXI.
En el actual contexto, por razones de espacio voy solo citar algunos ejemplos que ilustran perfectamente lo que estamos planteando y que pienso es necesario que todos meditemos serenamente a ver si esto puede cambiar.
Se opusieron de manera rabiosa a que el doctor Balaguer realizara obras de infraestructuras como las avenidas 27 de Febrero, John F. Kennedy, Luperón, V Centenario, los complejos habitacionales en Villa Juana, Villa Francisca, José Contreras, parques miradores, presas, entre otras obras.
Ahora esos mismos grupos están levantando su voz para oponerse a que el Presidente Medina ponga en funcionamiento la planta energética Punta Catalina.

