Opinión

No hay problema, profesor

No hay problema, profesor

No hay problema, profesor. Desde muy joven ha vivido en el filo de la navaja, permanentemente amenazado; a veces con los nubarrones de sangre más próximos que otras.

Esta vez se acercan de nuevo con traje de embajador y todo. Pero no hay problema profesor-presidente: así he vivido y sobrevivido, y esta vez no habrá de ser de otra manera.

José Francisco Peña Gómez me presentó una vez que yo era uno de los pocos sobrevivientes físicos e ideológicos de la matanza de los doce años de Balaguer y de tiempos posteriores (como aquellos de Narcisazo).

Yo le respondí diciéndole que estar vivo me alegraba y alegraba mucho a mi familia. Pero de lo que más me enorgullecía era ser un sobreviviente de conciencia, ideológico, político… sin resignar nunca una sola de mis ideas revolucionarias, socialistas, comunistas… sin claudicar, ni renegar una pizca de lo que desde jovenzuelo he sido.

Por eso me considero -y soy- un sobreviviente feliz, rodeado de mucho amor y corrientes positivas. Con madre, hermano, compañera de amor y lucha, hijos, nietos, nietas, primos y amigos/as, camaradas que nunca se han avergonzado de mí conducta y nunca se avergonzaran de quererme y apreciarme.

Me siento –y soy-  parte de un pueblo que día a día, en calles, plazas, esquinas, colmados, casas, oficinas, edificios, ciudades y campo me expresa una solidaridad y un reconocimiento creciente, con muchas expresiones sinceras de cariño y afecto.

No, de ninguna manera, profesor, en mí no hay espacio para el miedo paralizante, para el temor personal y para la vacilación; mucho menos para el odio que no sea a lo mal hecho, a las injusticias, a la explotación, al crimen y a las mezquindades.

 No hay problema profesor-presidente, cargue usted con su mala conciencia.

Lástima que alguna personas buenas que lo llaman profesor no se hayan percatado cuan lejos se encuentra usted del Profesor aquel, que al final de la década del 60, denunció la lista de once revolucionarios (en poder del jefe de aquellos generales de «horca y cuchillo»), seleccionados precisamente para ser enviados al más allá. Del profesor aquel que concertó con el Partido Comunista Dominicano aquella formidable  campaña internacional contra el terror balaguerista, que tan buenos resultados dio.

Ya fui, junto con otro camarada que ya murió por enfermedad, uno de los dos sobrevivientes de aquella lista macabra que se llevó, entre otros, a Amín Abel, Otto Morales, Andrés Ramos, Maximiliano Gómez… Conté para lograrlo con  inmensa sensibilidad de mis camaradas, familiares, amigos/as, profesionales, compañeros de estudio y gente  sencilla que me brindó su hogar, su escudo y compañía.

Tengo, profesor, más vida que un gato.

Y tengo una vida que nunca habrá de morir, porque siempre será recordada por hacer el bien. Abrazado a una concepción científica del mundo, apasionado defensor de la obra portentosa de Marx, Engel y Lenin, seguidor de los valores morales y del pensamiento revolucionario del Che, creo también en el poder del espíritu, en la fuerza que emana de las mentes y los corazones de los seres humanos que combaten las injusticias y aman las liberaciones. Siempre he tenido eso –y mucha suerte- a mi favor y por eso he durado relativamente tanto en medio de tantos riesgos y de condiciones tan adversas.

Ese apoyo, como también el que emana de la autoprotección y la eficacia necesario para bloquear las amenazas, está intacto y multiplicado.

Por eso pienso que otra vez voy a salir airoso de esta segunda fase de la conjura, en la que aquel enviado de la muerte, investido de general de la guerra sucia, viene a aposentarse con traje diplomático como representante del régimen que me ha condenado a muerte. No hay problema, profesor. No hay ningún problema, distinguido seguidor del despotismo ilustrado.

Créame: a usted le va a ir peor que a mí de todas maneras, aun si por manos del Diablo esos designios de sangre se concretan.

Tengo la completa seguridad de que este episodio de sangre le resultará difícil –  por lo suicida- a los gestores y facilitadores del mismo. Pero además, tengo la plena convicción de que es imposible asesinar lo más preciado de mi ser, porque nada ni nadie  tiene poder para matar mis principios y mucho menos para unirme eternamente a la tristeza. Siempre seré un alegre sobreviviente, para el pesar de quienes no lo entiendan

Alegre aquí, y mucho más, allá. Sí, alegre aquí y allá, profesor-presidente.

El Nacional

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