Arturo del Tiempo Márquez calculó que este país era buen campo para un inversionista de su talla y logró que el embajador colombiano de turno le armara una cita con el Presidente para hablarle de sus maravillosos planes.
Arturo estaba asociado a otro empresario colombiano, de apellido Duque, hombre de especiales facultades en cuanto a negocios difíciles. El Márquez y el Duque formaron un dúo con filling aristocrático y dotes de encantadores de serpientes. Las serpientes encantadas pertenecían a la cúpula militar-policial y política dominicana.
Así las cosas, el Márquez, rebosante de alegría, logró pasearse por mares, puertos y aeropuertos de esta isla en compañía de furgones repletos de mercancías prohibidas, con la majestad de su rúbrica y las señales inteligentes de sus socios.
El triángulo resultaba perfecto: Colombia-Dominicana-España.
El éxito de sus negocios ameritaba sellarlo con un símbolo a la altura.
Entonces el noble Arturo se ideó la majestuosa Torre Atiemar, síntesis de su nombre y abreviatura de aire, tierra y mar hermosos atributos de esta espléndida isla caribeña. El picazo inaugural no lo debía dar ningún otro que no fuera el Monarca de tan productiva y hermosa nación. ¡E pa´lante que vamos!, exclamaron eufóricos sus cortesanos.
Hasta ahí todo iba de maravillas.
El problema vino cuando el Márquez tuvo el contratiempo en Barcelona con el desgraciado furgón de 1,200 kilos procedente de las minas polvorientas de Colombia vía República Dominicana. Lo callado comenzó a salir a la superficie.
El Márquez no era Márquez. El Duque no era Duque…. La Torre era una gran lavandería. Y destapado el guiso, urgía callar la indiscreción proveniente de ultramar.
Montar en grande y trivializar la tragicomedia Agosto-Sobeida. Silenciar el eco marino de Atiemar. Aquietar el fantasma ibérico… Solo que mientras el fantasma dormía, el temor a que despertara les quitó el sueño a algunos socios criollos del Márquez, con el agravante de que un osado se busca (acompañado del silenciado testimonio en Fiscalía de la novia del Marquecito), levantó el alma en pena como diciendo aquí estoy, no me olviden. Y en verdad: no olvidemos Atiemar.

