Por: Chiqui Vicioso
luisavicioso21@gmail.com
Cuando, en la Mella, o cualquiera de las calles aledañas de la Zona Colonial, algún jovenzuelo popular, se deshace en piropos o me pide que lo adopte, sé que de lo que habla es de su miseria. Entonces le sonrío, le digo que puedo ser su abuela y si tengo algún dinerito se lo doy para que se coma dos panes (diez pesos),con queso o mortadela (otros 40) y asi, contribuir, a paliar el hambre que los lanza a la calle desde muy temprano.
Cuando salgo a una diligencia y en las esquina tres muchachitos se pelean por limpiarme el vidrio, por veinte pesos, les digo que uno no se pelea entre hermanos y si tengo les doy esa cantidad a cada uno, asi contribuyo a disminuir la violencia que los criminzaliza desde que se levantan y tienen que luchar por conseguir el dinerito del dia, porque si vuelven a su casa sin un chele, les caen a golpes.
Cuando veo a una trulla de muchachos, cuidando las yipetas de lujo de otra trulla de muchachos, y los oigo a medianoche gritarse “la yipeta roja es mia”, “la negra es mia”, y veo como después de gastarse cinco y diez mil pesos en una noche, los borrachos hijos e hijas de papi y mami, les niegan cincuenta pesos, me digo: los monstruos somos nosotros.
Es exactamente lo que acabo de sentir, cuando lei sobre el asesinato del joven Claudio Nasco y lo primero que me asalto fueron tres fotos: la delos asesinos; la del sepelio, congente muy clase media alta afirmando que la versión de la policía era imposible porque Nasco “jamás se mezclaria con esa clase de gente”; y la foto de la madre del implicado principal. Una obrera, desconsolada, que repetía que era imposible que su hijo, un estudiante de Secundaria, callado y aplicado según los vecinos, “se mezclara con esa clase de gente”.
Pocas veces los reportajes periodístico han puesto tan en evidencia la división de clases de esta sociedad, donde la juventud popular es predio de caza de todo tipo de depredadores. Solo hay que recordar que segun un estudio del UNICEF, los pedófilo de este país son super machos dominicanos entre los treinta años, y sus victimas niñas de los doce años en adelante.
Sin una educación de calidad, ni esperanza de empleo, una gran parte de la juventud popular solo tiene como producto para vender su cuerpo. Cuando, además de todas las violencias cotidianas no les pagan, toda la furia acumulada desde la infancia (no la psicópata, como la de Llenas), les lleva a cometer crímenes horrendos.
¿Quién es la victima en estos casos? ¿Quiénes los victimarios?
Los monstruos somos nosotros.

