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Nostalgia

Nostalgia

SANTIAGO.   El pueblo era tan pequeño todavía que con medio campanazo de la iglesia, la sencilla gente trabajadora se iba al suelo desde un catre de profundo azul marino, y una terina, al lado a procurarse el precario sustento diario.

La cárcel de la capital tenía barrotes horribles y era tan detestable que, casi sin excepción, cualquiera a quien le ofertaran administrarla debía sentir como un deber moral el derecho de mostrarse ofendido.

El horror carcelario tenía estatura nacional. Todo lo que se llamara penal  en cualquier lugar del territorio, era una extensión, no la más confortable, del temido infierno.

El espacio de lo que se tenía por calle era ocupado por la irrupción abrupta de los animales que venían de los campos cargados de provisiones.

Los bardos y rapsodas del pueblo, que no eran muchos ni buenos, tenían que vender, como lo hacía Juan Antonio Alix, sus cuartetas rimadas y sus versos llenos de picardía al descampado y en hojas sueltas junto a los víveres y viandas y al mejor postor.

Además, se vieron  compelidos a escribir loas que endiosaban al gobernante del momento, que lo era el truculento e inolvidable general Ulises Heureaux.

Alix se desempeñaba en esas lides con la palabra bajo el inenjuiciable argumento de que “el poeta tiene que comer”.

 Le ofrecieron una estatua, pero al saber el precio-25 pesos-argumentó escandalizado que era mejor que le dieran todo ese dinero a él que lo iba a disfrutar mejor.

Como era de rigor, bebía a cabalidad hasta perderse en la turbulencia del vértigo.

En cuanto a la cuestión carcelaria, Nicanor Jiménez, autor de “Santiago de los Caballeros” (pp.113, Archivo Histórico de Santiago) confirma que nadie, en efecto, quería ser carcelero.

Ese cargo, advierte, era considerado “muy denigrante” Sucedió, narra el autor, que en la capital murió el carcelero y, como era previsible, nadie aceptó el deshonroso cargo.

Como toda nación que ha sido sacudida por la guerra y que no tiene apenas desarrollo, todo era limitado y parecía extremo.

Las cosas llegaron al extremo de que el mismo general Lilís, en su condición de presidente de la República vino a Santiago a buscar uno de estos Carontes que en vez de conducir a los muertos encierran los despojos de los que todavía viven.

Se había muerto el que ejercía en Santo Domingo y tampoco  allí  deseaba nadie la posición de verdugo.

(Claro está que cuando el presidente anda detrás hasta de un humilde carcelero hay que ir entendiendo cómo era su dominio total de los acontecimientos políticos y de Estado). Como no hay regla sin excepción, Luis Manuel Quírico, o Papá Quiro, padre de un señor de nombre Saturnino Pekín, decidió aceptar la innombrable función oficial.

Incluso, desempeñó su trabajo hasta la muerte del general Lilís, que corrió a galope hasta su cita con la parca en Moca como quien no tiene otro cometido que plantársele  de frente a ese absoluto.

Con el curso del tiempo cambiaron las cosas, consigna Jiménez, y el cargo lo ocupó Federico Mieses, que ostentaba el significativo apodo de Fello el Búcaro.

Pese a esa condición apelativa no muy elegante, Mieses le dio prestigio al cargo y en negociaciones con los presos “sacó algún capital que le permitió establecerse”.

Aunque lo detalla en términos diplomáticos, lo que se deja entrever sin dudas es de que él “negoció” algunos acuerdos económicos con los presos.

Mieses fue sustituido por Miguel Tavares y como es de rigor en casi todas las páginas de su sincera y detallada de portada amarilla- que es uno de los colores de la nostalgia-no le anda guardando secretos a nadie.

Afirma que Tavares era un hombre “tramposo y sin escrúpulos”.

Adiciona después que se hizo dar una medalla de oro por los presos “por sus méritos y servicios en bien de los presos”.

Hasta años recientes, esas mazmorras las administraban extraoficialmente los conocidos prebostes, grave memoria de los días  oscuros de la Inquisición.

Ellos recomendaban pelas con alambres de cobre para aquellos presos que se pasaban de la raya, cobraban cuota, tenían colmados y colmadones, alquilaban un colchón infame hasta por 400 pesos que en un lugar de encierro es una suma respetable, y se entendían de lo más bien con el mundo oficial a condición de que alimentaran al boa.

Se dice que una muerte fue ligada a negocios.

El infierno

En el siglo XIX las cárceles eran un infierno y dos siglos después siguen siéndolo. A pesar de los “controles” en las cárceles consumen y venden drogas y hay armas de fuego.

Además de armas y drogas impera el tráfico de influencia, las rebatiñas y la promiscuidad sexual, con la variante de que ahora a pesar de que el sexo es “legal”, se trafica con eso.

El Nacional

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