Por encima de lo que puedan ser nuestros anhelos y, lo más importante, más allá de necesidades de esta sociedad en ese aspecto, la realidad es que para las próximas elecciones presidenciales el escenario está polarizado de forma irreversible. Danilo Medina o Hipólito Mejía será el nombre del próximo primer mandatario.
La paradoja que se escuda detrás de eso es que existen condiciones para que no fuera así. Quizás como nunca, grandes segmentos de la población dominicana están convencidos de que las desastrosas gestiones gubernamentales de los partidos mayoritarios autorizan a afirmar que no les interesa producir las transformaciones que esta nación necesita para salir de su estado de atraso secular.
Ahora bien, cambiar esa circunstancia, generar el cambio preciso, es un acontecimiento que no va a caer del cielo. La situación de polarización tampoco se ha producido por arte de magia. Son poderosos los intereses que operan para provocarla. De igual manera, para transformar esa realidad se requiere la conjunción de esfuerzos inteligentes dirigidos en una correcta dirección.
Esa es la parte que ha estado ausente y, lo que es peor, quienes han sido protagonistas en esa responsabilidad, no demuestran tener conciencia de que se han manejado de tan pésima manera que han servido para perpetuar el estado de cosas que proclaman querer cambiar.
En ese sentido, las denominadas opciones alternativas han dejado de ser sólo víctimas del inequitativo sistema electoral para convertirse en parte de su preservación, en la medida en que propiciando su precaria incidencia, dejan el camino franco para que todo continúe igual.
Ese cuadro diagnostica la tragedia dominicana. Atrapada como está entre dos fuerzas políticas incapaces de contribuir con su desarrollo y ante la inexistencia de respuestas a esa calamidad, el país acude al aniquilamiento de sus posibilidades de propiciar una actualidad diferente que nos introduzca en la ruta de un futuro mejor.
Al margen de lo que termine ocurriendo el 20 de mayo, lo único que está garantizado es la continuidad de más de lo mismo, sea en el mantenimiento de un presente cuyos entes más influyentes se han cuidado de hacer los amarres para que nada sea distinto; o en el retorno de un pasado que no nos ha ofrecido mínimas garantías de que una enmienda profunda resulte esperable.
Ese es el menú disponible para ordenar el plato electoral. Que nueva vez sea así, de una u otra forma, nos incrimina a todos.

