Opinión

Nuyol

Nuyol

Si algo ratifica Nuyol es nuestra insignificancia frente al tiempo. Las calles son las mismas, los edificios mudos testigos del paso de millones de inmigrantes, con sus sueños, frustraciones, duelos y pequeñas alegrías. Solo la gente cambia y ya Washington Heights ha dejado de pertenecernos, expulsando la dominicanidad al barrio más pobre de la ciudad: El Bronx. Nuyol se “gentifrica”, es decir se blanquea, como si ser blanco significara ser “gentil”.

En el consulado un eficientísimo cónsul, y gentil hombre, actualiza mis cifras sobre la comunidad:
Hay en la Costa Este, según censo, 1,914, 000 dominicanos legales. De esos, 900,000 habitan en New York y 450,000 viven en El Bronx. En Massachusetts somos 146,000; Rodhe Island 52,000; Connecticut 41,000; New Jersey 271,000; Pennsylvania 103,000; Virginia 15,000; North Carolina 21,000; Georgia 23,000; y en Florida 321,000.

Compárense estas cifras con los 12,000 dominicanos que habían en USA en 1960; los 300,000 en los noventa y ya en el 2015 los casi dos millones de compatriotas que habitan USA. Son dominicanos y dominicanas expulsados de un país que alardea de su crecimiento económico en la región sin explicar que este crecimiento –del capital- se concentra en sectores no productivos que no generan equidad social.
Para esa masa emigrante, a la cual debemos nuestra estabilidad económica, porque aporta un presupuesto paralelo al de la nación, hace falta un MIREX paralelo, como en El Salvador, porque es con su sudor y lágrimas que la isla se mantiene a flote.

Y hace falta una política cultural que no se circunscriba a Manhattan, y que en vez de gastar los magros recursos en infraestructura y burocracia, cree un fondo de apoyo a las acciones culturales de la dominicanidad en USA y en particular en los cinco barrios de NuYol. Eso solo se podría hacer desde el Consulado, donde un comisionado que no sea solo un activista político y/o gubernamental, sino un artista con gerencia cultural, multiplique los panes.

De esta propuesta hemos hablado prácticamente con cada ministro que accede al Ministerio, pero se siguen repitiendo los mismos esquemas, quizás por inercia o desinterés en esa huérfana sin remedios en que ha devenido loa cultura nacional fuera de nuestros bordes.

Podríamos comenzar con talleres sobre identidad dominicana, para ver si eliminamos de una vez por todo nuestro ingenuo racismo: “Usted es un negro. No, yo soy dominicano. Pero es que ser dominicano no es un color”; si eliminamos nuestra ignorancia histórica; y si abandonando los bordes de la prisión en que nos educaron nos abrimos al mundo, comenzando por nuestra región,crisol de los mejores pensadores y pensadoras de pasados siglos, cuyo pensamiento desconocemos.

Solo así emigrar será una ventana, desde donde otearemos la belleza del mundo.

El Nacional

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