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Con el permiso de Giovanna Benedetti
1) La estrategia de la olla de grillos. El elemento primordial del control es la distracción. Desviar el interés social de los asuntos principales y mantener la atención pública entretenida y cautiva, en un entorno diseñado por políticas de seudoinformación, desinformación y sobreinformación irrelevante.
2) La estrategia del bombero pirómano. Se trata del síndrome del problema ilusorio. Es decir: se crea un problema, una situación prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el catalizador de las medidas (impopulares) que anticipadamente se buscaba implementar. La estrategia funciona porque es insidiosamente redonda y porque se se suele retroalimentar de sus propias emboscadas: incendio/bombero/pirómano … y viceveversa. O lo que es igual: prendan la mecha callejera de la violencia, esperen a que el público grite fuego y salgan a repartir manguerazos (o como recuerda Chomsky que se decía en Centroamérica: a dar baños de sangre en libertad.
3) La estrategia del purgante a sorbitos. Esta estrategia es inútil con los niños, pues como todos sabemos, cuando una medicina sabe a rayos no hay dios ni ley que los haga abrir la boca. Con los adultos, por desgracia, si funciona y aún peor: si el purgante nos lo van dando a sorbitos, poquito a poco, somos capaces de tragarnos cualquier cantidad de cuentos. Por lo demás, la estrategia es sencillísima: para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuentagotas, por mese, años, lustros consecutivos. Los efectos, como el envenenamiento orgánico por metales pesados, se obtendrá tarde o temprano, inexorablemente.
4) La estrategia del murámonos hoy para vivir mañana. La maniobra empieza con un golpe de pecho y termina con un lo siento mucho, pero no hay salida: todos debemos sacrificar hoy, para que nuestros hijos puedan tener mañana un futuro. Así de contundente y de apocalíptico. La estrategia se pone en marcha (o más bien: está andando sin parar desde que le dijeron lo mismo a tus padres y a tus abuelos, en fin: que el futuro jamás llega. Es una estrategia que se nutre de un atavismo primordial. Es indiscutible porque pertenece al destino, y es perfecta para imponer, como quien no quiere la cosa, una medida altamente impopular o perversamente desastrada e inicua, presentándola como una solución.
Lo extraordinario es que el sentido común nos debería advertir de los riesgos. ¿No es acaso más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato?

