Cándido, el ingenuo personaje de Voltaire, repetía que era necesario viajar, no para presumir de lo que se ha visto, sino para aprender. Nada más cierto; con la valiosa colaboración de una de esas personas diligentes y serviciales que están al acecho de extranjeros en el aeropuerto de Maiquetía, acabo de comprobar que el modelo político y económico de Chávez ha fracasado.
Durante sus 11 años de poder, el socialismo del siglo XXI ha sido incapaz de transformar positivamente a Venezuela.
Allá se vive condenado a la ley del péndulo, esto es, entre la miseria y la angustia.
Las escenas de pobreza se reproducen en cualquier esquina de Caracas: ancianos maltrechos, jóvenes drogadictos convertidos en inútiles, y muchachas que intentan enmendar las desgracias del azar a través de la promiscuidad.
¿Soluciones? Los chavistas, atrapados por las ilusiones, siguen apostando a que su locuaz líder dará con ellas, en tanto que el resto de la población, que probablemente supere ya la mitad, está convencida de que las cosas seguirán yendo de mal en peor.
No hay día que transcurra sin que Chávez aburra soberanamente a los suyos endosándoles al imperio y a los oligarcas encopetados las culpas de todas las desgracias. Su ambición de mando y los excesos de su régimen siguen sembrando intranquilidad en Venezuela, que dejó de ver a Chávez como el pagaré al portador de la redención.
Y es que a más de una década de haber entrado a Miraflores, las injusticias y desigualdades sociales son tan ostensibles como cuando adecos y copeyanos hacían de las suyas.

