Si comienza a llover, quédate en la iglesia y no baje para acá, dijo la madre a Pedrito, quien con nueve años tomaba la limpiabotas en la mano derecha y el yaniqueque en la izquierda para emprender la subida hasta la calle Francisco del Rosario Sánchez, donde procuraría ganarse unos pesos para ayudar con el sustento de la familia.
Escena de este tipo, con actores distintos, son comunes en las miles de casuchas construidas a orilla del río Ozama, en condiciones de extrema pobreza y alta vulnerabilidad ante las inundaciones que se producen en la temporada ciclónica.
La miseria que se observa en esta parte de la Capital contrasta con las estadísticas de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (2007) que señala que el consumo total mensual en los 2,530,474 hogares dominicanos es de 51mil millones de pesos.
Igual ocurre con las oportunidades educativas, ya que el nivel de deserción escolar o inasistencia es mayor en esta zona del Distrito Nacional.
Durante el período junio-noviembre de cada año se incrementan las precipitaciones de lluvias y lo vientos adquieren mayor velocidad, debido a que en esos meses la zona del Caribe es afectada por ciclones, huracanes y tormentas tropicales.
Sin lugares para el esparcimiento ni la recreación, cientos de niños y adultos comparten entre agua negra, basura y lodo el entorno de lo que es el principal río de la Capital.
Ninguno de los censos realizados ha cuantificado la cantidad de personas y hogares que conforman el cinturón de miseria más grande del país.
Estudios hay por doquier, proyectos de más, pero siempre ha faltado la voluntad política de las autoridades gubernamentales para solucionar, aunque sea a medias, este problema que es una amenaza ambiental y social.
Investigaciones realizadas por el Consejo Nacional de Asuntos Urbanos (Conau) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) señalan que el 30% de la población de la Capital está asentada próximas a cañadas o los ríos Ozama e Isabela.
Las estadísticas presentadas por este estudio, y datos del Banco Mundial sobre la vida de estos barrios, coinciden con la preocupación de los organismos de emergencias a propósito de la temporada ciclónica que se activa durante los meses de agosto y septiembre.

